Al trote

por Fausto Lipomedes  -  18 Agosto 2019, 19:53  -  #deporte, #correr, #trotar

No sé porque extraño razón ahora me cuesta agarrar la bicicleta. 
Estoy repasando mis notas de hace tres y cuatro años y me sorprende lo gozoso que me resultaba montar en bicicleta. Ahora, sin embargo, me levanto, y bien temprano pues sigo durmiendo al raso y me despierta la luz del amanecer, y en mi cabeza empiezan a sucederse inconvenientes para agarrar la montura mecánica. 

Sin lugar a dudas en ello han de tener algo que ver los años transcurridos y quizás las dos grandes cuestas que he de superar sufridamente desde mi casa para llegar al páramo, lugar en el que puedo pedalear más o menos en terreno llano y disfrutar de los lindes de las carreteras comarcales por las que me muevo y de sus campos circundantes. 

Pero el caso es que últimamente siento una pereza enorme y me empiezo a poner excusas, tales como el excesivo viento o las altas temperaturas para eludir mi compromiso ciclista. Hace una semana sí salí con ella, dos días consecutivos. Me levanté y aunque me planteaba internamente los inconvenientes que antes mencionaba, decidí no oírlos y apelar a mi gusto por montar en bicicleta, así que casi irreflexivamente me enfunde el maillot, hinché las ruedas, me acoplé el casco y los casquitos y salí a rodar. 

El primero de los días fue un calvario.  Lo cierto es que hacía calor y si bien los primeros veinte kilómetros transcurrieron más o menos bien, el ciclista sabe cuándo las sensaciones son buenas o cuando va a tener problemas, y ese día sabía que mi cuerpo no marchaba correctamente. Mi cadera derecha empezó a quejarse, como si estuviera reumática y mi pie izquierdo, en el cual tengo un clavo en la planta, empezó a achicharrase dentro de la zapatilla y un escozor ardiente parecía hacerlo querer explotar con cada pedalada. Así que raudo, me fui a casa, aunque me costó lo mío llegar. Además, se levantó viento en contra a más de veinte kilómetros por hora, lo que enfrentarse a él encima de una bicicleta, al menos para mí, es una auténtica tortura. 

Tras mi desagradable paseo, curiosamente sentí rabia. No podía ser que el placer que he sentido siempre por montar en bici se transformé ahora en algo desagradable, no podía admitirlo. Así que el siguiente día volví a agarrar la montura dispuesto a recuperar las buenas sensaciones. Y así fue. Disfruté de un paseo alegre y vigoroso aunque más pausado que hace años. En todo caso, me sentí satisfecho, tanto del rato sobre la bici como de haber sido capaz de imponerme a los malos augurios y al malestar que me había creado la experiencia del día anterior. 

Pero he aquí que estos días que no he ido a trabajar y podía haber gozado de mi montura, he desestimado la aventura ciclista como decía al principio. Lo que no he permitido es que mi pereza me condujera a eludir hacer un poco de ejercicio. Sé que si así obrara me sentiría mal y, poco a poco, dejaría a mi organismo precipitarse hacia un vacío tenebroso. Así que he optado por caminar, practica, razono, menos agresiva y más cómoda, además de más acorde con mi edad. 

En total camino entre seis y siete kilómetros, a un paso brioso. Si bien antes usaba música para hacer el recorrido, ahora prefiero oír mis pisadas en el camino, que yo denomino blanco, así como la brisa, los ruidos de las hojas o incluso el olor de la paja que se agolpa en los campos de cultivo que bordean la senda. 

Cuando camino siempre me cruzo con personas, solitarias o como mucho en parejas, y nos saludamos cortésmente. Pero como no me basta, me impongo un juego.  Consiste en localizar a alguien doscientos o trescientos metros por delante y conseguir rebasarle. A veces descubres que lleva un paso más brioso que el tuyo y que te va a ser imposible conseguirlo, o que su marcha es similar a la tuya y la distancia se mantiene, pero otras, es un auténtico placer tensar los músculos, concentrarte y percibir como te vas acercando a el hasta conseguir adelantarle, supongo que esto es competitividad deportiva. 

Pero aún así, y quizás esto forme de mi carácter, no me he quedado ahí, y ahora he empezado a trotar. No me atrevo a decir correr, pues mi cuerpo nunca ha sido de un diseño propicio para tal actividad, pues es ancho y está falto de esa agilidad propia de los maratonianos nervudos. Pero cada día de esta semana he ido aumentando los metros recorridos trotando y si bien los primeros días fueron asfixiantes y costosos, he de reconocer que he ido mejorando y mi cuerpo, una vez andados ochenta o cien metros, parece pedirme el trote, y bien que se lo concedo. Y si bien antes cuando veía a otro corredor acercarse a mi en sentido contrario recuperaba el andar por vergüenza, ahora ya me considero con el nivel suficiente como para poder cruzarme con él a mi ritmo y saludarle con la mano, como compañero de la misma comunidad. 

Y me asombro, pues nunca me ha gustado correr, pero he de reconocer que me sienta bien y esta mañana, después de mis carreritas, parecía haber desterrado de mi cuerpo el cansancio que me ha tenido atenazado todo la semana. También pienso que puede ser que el descansar de estos días haya relajado a mi organismo y que las horas de sueño y la ausencia de tensión, hayan sido factores determinantes para poder, como un potrillo, trotar, a mis años, jaja. 

Bueno, veamos cuánto dura. Está claro que la bici volveré a usarla. 
 

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