Náufrago

por Fausto Lipomedes  -  25 Julio 2019, 21:05  -  #verano, #calor, #dormir, #descansar, #soluciones

Ahora duermo al raso. Cierro los ojos mirando las estrellas y adivinando a algunos planetas. Cuando hay luna llena y aparece por la esquina de la terraza es como si alguien allá arriba hubiera encendido una gran bombilla, incluso puede leerse sin necesidad de encender ninguna luz terrestre. 
Yo, que cuando me correspondía nunca lo hice, me refiero a lo de dormir al raso en un saco, ahora lo hago empujado por estos calores agobiantes. He trasladado un colchón a la terraza y todos los días hago y recojo mi cama, como si fuera un marine. Me despierta el amanecer, suavemente, mejor que cualquier artilugio digital repleto de melodías inductoras al día, yo dispongo de la claridad como mecanismo natural. 
Creo que actualmente es lo mejor de este verano, este invento al  que me ha empujado, supongo, que el instinto de supervivencia y el cansancio que vas acumulando cuando descansas mal. 
El otro día tuvimos tormenta, una gran tormenta, y estuve buscando plásticos para salvaguardar mi colchón enrollado, pero no encontré ninguno lo suficientemente grande y robusto como para cubrirle en su totalidad y protegerle de los goterones. Al final, como un naufrago, metí mi colchón bajo techo y excitado, no pare de asomarme al horizonte para ver avanzar a la tormenta hacia mi hogar. 
Es tal la sequía del territorio en el que habito que observar oscurecerse el cielo y ver esas cortinas de lluvia caer furiosas sobre la tierra, se me antoja todo un espectáculo de vida. Me preparé un café y me senté en los escalones de la terraza a calcular la velocidad del viento, su dirección y cuánto tardaría en traer hasta mi a aquellas cortinas negras. 
Se levantó una tremenda tormenta de aire que doblaba los árboles y las hojas muertas de sed que yacen en mi terraza se volvieron locas arremolinándose y agrupándose en un rincón. 
Al fin comenzaron los goterones a manchar el pavimento y recé para que aquella bendición durará y lo empapara todo. Alguien allá arriba debió tomar nota de mis anhelos, pues sí, duró un largo rato, horas, en las que además de truenos, luces cósmicas y ráfagas de viento, hubo agua. Y pude oler la tierra mojada, otro aroma cada vez más extraño y que es capaz de modificar la química de cualquier organismo. Esa noche debería de dormir encerrado y aquello se convirtió en el peor de los inconvenientes de aquella anhelada agua bendita. 
En fin, el verano, las locuras del estío, además de los colores amarillos del campo, y también su silencio, la huida del resto de los humanos hacia sus paraísos, algunos llenos de luz y de ruido. Y de nuevo perdido en medio de todo ello, con miedo al tiempo o a enfrentarme conmigo mismo. El verano, esa etapa en la que me siento náufrago, en mi isla habitada por salamanquesas de todos los tamaños y que todos los días emergen del mismo rincón, de detrás del mismo tiesto, quizás sea como ellas que viven en habitaras pequeños y a las que no les gusta la exploración. En fin, el verano y con él mis rarezas y psicopatías o, sencillamente, perder el tiempo, algo a lo que no estoy acostumbrado. 

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