El viaje más misterioso

por Fausto Lipomedes  -  25 Abril 2019, 17:58  -  #muerte, #más allá, #incógnitas

¡Ay amigo! Cuanto voy a lamentar tu muerte. 

¡Ay amigo! Cuanto me cuesta escribir estas líneas ahora que aún estas vivo. 

¡Ay amigo! No dejo de pensar en ello. Tú y tu muerte se han instalado en un recóndito espacio de mi cerebro de manera permanente , igual que ocurre con esa persona de la que te acabas de enamorar y a la que besas por primera vez. 

Amigo, no puedo dejar de pensar en tus despertares de cada mañana, en el momento en que vuelvas a ser consciente de la realidad y sientas esa tremenda bofetada que te ha dado la vida, y en tu resignación y en tus deseos de que, ojalá, en vez de despertar, fuera al revés y entrarás sólo en un mal sueño. 

¡Ay amigo! Y que paradójicos me resultan ahora los encuentros contigo. Ambos disimulamos y, en vez de hablar de la muerte, hablamos de la vida tratando de esquivar tu destino. Y no deja de resultarme aterrador que, de todo aquello de lo que hablamos, de todo aquello de lo que podemos charlar, pues tenemos un conocimiento común, acabará desapareciendo para tí y será mi solitaria realidad, sin ti. 

Y le doy vueltas a como estarás encarando el final, a la forma en que razonarás sobre lo desconocido y deseo que así lo afrontes, como lo desconocido y que ya hayas abandonado tu agnosticismo, pues debe de ser imposible pensar que nada te espera. 

¡Ay amigo! Cuánto desearía que pudieras sentir todo esto como una tremenda aventura, como un largo viaje lleno de enlaces en aeropuertos lejanos en los que te encontraras con todas esas personas que, me imagino, ahora estarás recordando. 

¡Ay amigo!, créeme que no me importaría acompañarte y que juntos pudiéramos compartir esperas en amplias salas de embarque y que miráramos juntos paneles de destinos cada vez más recónditos y misteriosos. Pero soy tan cobarde, mi amigo, que preferiría quedarme aquí, seguro y rodeado por la realidad que reconocen mis sentidos y continuar dándole, sin parar, a esta cosa que tenemos dentro de la cabeza y que, lejos de ser una maravilla, resulta, en estos momentos, límitada. 

¡Ay amigo! Cuanto te voy a echar de menos. Cuanto voy a añorar no saber dónde estás, no saber cómo estás.  Me preguntaré si estarás sonriendo o si estarás atento escuchando nuevos sonidos y melodías. Y también me preguntaré si tu te acuerdas de mi, si también sentirás el deseo de saber cómo lo llevo. Y me devano los sesos pensando en si no habrá una recóndita manera de que algo, aunque fuera poco, pudiéramos saber el uno del otro. Sin saber cómo decírtelo, ahora, busca  algún canal, por diminuto que sea, para que con una ligera brisa, con un rayo de Sol que entrara a través de mi ventana, con el sabor nuevo de un bocado que me lleve a la boca o una tarde, ya sea en primavera o en otoño, el olor de la tierra húmeda me haga saber que estás por ahí, siendo como siempre has sido, feliz. 
 

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