Animalejos del parque

por Fausto Lipomedes  -  7 Abril 2019, 20:32  -  #pérdido, #decisión, #desesperación

Llegué a la terraza diez minutos antes de la una, la hora acordada. Había dado un largo paseo cruzando un enorme parque que moría en la plaza en la se ubicaba el local. No hacía excesivo frío, pero una brisa obligaba a abrigarse, sobre todo en las zonas sombrías. La terraza estaba cubierta, y a pesar de no ser cerrada, la protegían mamparas de cristal y calefactores aéreos, por lo que resultaba confortable. Había bastante gente, mayoritariamente turistas,  y busqué una mesa libre. Me acomodé y, solícita, una camarera joven de origen étnico ambiguo que me sonrió, se acercó rápidamente. Pedí una copa de vino y le devolví la sonrisa. 
Samuel apareció minutos después de la una. Se abría paso entre las mesitas con gran agilidad a pesar de su cuerpo voluminoso. Era unos años mayor que yo, y desde que le conocía le recordaba con su abultado vientre, como si hubiera hacido con él. Parecía sentirse orgulloso de aquel abdomen que, por otra parte, siempre se mantenía con idéntica curvatura. Sobre él una cabeza también redonda y con un pelo ya gris, hacia arriba, de cepillo, y abundante. Del conjunto arrancaban dos bracitos flacos y unas piernas también excesivamente delgadas para el conjunto. Venía con unas gafas de sol marrones claras, muy apropiadas para él y sostenía una bolsa de plástico blanca con una gran cruz azul y unas letras en una de sus caras. Me levanté para recibirle y ambos nos fundimos en un abrazo sincero. 
Samuel se acomodó y dejó con delicadeza aquella bolsa en una de las sillas que rodeaban la mesa. La misma camarera se volvió a acercar. M e volvió a sonreír y Samuel después de ver la copa de vino sobre la mesa decidió sumarse. 
Samuel siempre había tenido el mismo aspecto, era un tipo intuitivo, y dotado de una sabiduría ancestral que le permitía vivir con una filosofía muy sencilla: sólo se preocupaba de aquello que dependía de él, y no de todos aquellos asuntos o decisiones que escapaban a su control.  Tenía una personalidad anclada en tiempos pasados y su discurso siempre estaba salpicado de refranes y alusiones a diálogos de viejas películas en blanco y negro, a las que era aficionado, como si todo estuviera ya escrito e inventado. Era un claro amante de la buena mesa, confirmado por su voluminoso vientre  y sus pómulos, también redondeados y con un color que reflejaban una excelente alimentación, aunque fuera superior a la necesaria. En cierta medida, aunque supiera que odiaría una vida como la de él, sentía envidia de su forma de pensar, vital y marcadamente optimista. 
Exactamente no se a que se dedica Samuel.  Siempre está metido en “trapicheos”, como dice él mismo, pero la necedad de la gente con la que da acababa casi siempre arruinándolos, o así lo narra. Sospecho que vive plácidamente del sueldo de su mujer, a la que conozco  y de la que puedo decir que es persona abnegada y trabajadora y, sorprendentemente enamorada. 
Samuel me preguntó cómo estaba, pero  no encontré las ganas para liarme allí con mis inquietudes profesionales, sobre todo porque ya sabía el final del discurso de Samuel ante cualquier tipo de inquietud de ese tipo: a lo más oscuro amanece, o dios aprieta pero no ahoga. Simplemente quería tomar unos vinos con él y dejar pasar el tiempo o crear un espacio temporal ajeno a todo lo demás, así que después de hacer algunos comentarios intrascendentes, elegantemente, dejé a Samuel tomar la iniciativa. 
Lo más importante para Samuel en aquellos momentos era el contenido de aquella bolsa de plástico blanca. Cuando comenzó a hablar de ellos, solicitó, llamándola señorita, un segundo vino a la camarera. 
—Colega, vengo de recoger unos análisis del médico, y aquí me tienes. Me ha dicho el médico, joder Samuel, ¿Tú qué tienes 25 años?  Pues eso, que estoy hecho un chiquillo y eso es lo más importante en esta vida, así que yendo la salud bien, todo lo demás es accesorio. Gracias—, dijo a la camarera que acababa de dejar sobre la mesa las dos nuevas copas de vino.
—Brindemos por eso—, dije. 
—Pues venga—, respondió Samuel. 
—Y ya te digo, el resto siguiendo su curso, continuó Samuel. Beatriz—su mujer—, como siempre, como una leona en medio de esto que hay ahora—. 
Samuel comenzó a relatar los sinsabores de la vida profesional de su mujer, lo absurdo de las decisiones de la empresa en la que trabajaba, el poco valor de la veteranía a favor de un trabajo de baja calidad, pero con menor coste. yo asentía entendiendo perfectamente el escenario que dibujaba y escuchaba los hechos que relataba Samuel y que demostraban sus tesis. 
De ahí pasó a sus hijos, sus dos joyas de la corona. Al comenzar a hablar de ellos, me preguntó si tomábamos la penúltima. Busqué a la camarera, pero ya debía de haberse ido y un camarero, también joven y de etnia también de difícil ubicación, trajo la tercera ronda.   
Samuel me relató cómo sus hijos ya iban ubicándose en la vida. La hija estaba estudiando fuera y el mayor ya había comenzado a trabajar en unos laboratorios como investigador. Dedicó un gran tiempo a relatar los consejos que le daban a cada uno de ellos. Se sentía orgullosos de ellos. Eran, sin duda, su gran obra. 
—Bueno, ¿Y tú qué, colega?
—Pues como siempre Samuel, ya sabes, liado y también luchando en medio de esta marabunta de estupidez que describes. 
—Macho—, dijo Samuel, tú eres como el capitán Nathan Brittles de La legión Invencible, una de las tres películas dedicadas a la caballería de John Ford. 
—Ja ja, supongo que la he tenido que ver, pero no me acuerdo de ella—, respondí. 
—Igual que él—, añadió Samuel. Un capitán destinado en un remoto fuerte y que a pocos días de su jubilación, en vez de esconderse, lleva a cabo misiones imposibles, fiel a sus valores y a sus juramentos. 
Apunté aquello en la cabeza. Tomé nota de la película y la vería. 
—Eso merece un brindis—, dijo Samuel, venga pidamos la última y nos vamos. 
Sobre la mesa dejaron la cuarta copa de vino. 
El último tramo de la conversación se encaminó por las mis relaciones personales. Le reconocí que no había tenido la suerte que él, aunque en el fondo me daba igual y pienso que todo esto de la familia, los hijos, esta sobrevalorado. Samuel volvió a relatar su vida en familia, lo bien que se encontraba, la satisfacción de los hijos, etcétera, mientras bebíamos nuestra cuarta copa de vino. 
—¿Comemos algo?—, preguntó Samuel, pero decliné el ofrecimiento aduciendo trabajo. Pedimos la cuenta y el camarero, al mismo tiempo que la traía sirvió dos copas más, invitación de la casa. 
Estaba mareado, lo noté cuando me levanté de la silla después de haber conseguido sorber la mitad de aquella quinta copa. Samuel se debió de dar cuenta de ello, ya que se brindó a acompañarme un trozo de camino por el mismo parque por el que había llegado a la plaza. 
El Sol estaba en lo más alto y la temperatura era muy agradable, aunque seguía haciendo falta un abrigo. 
Nos despedimos en un cruce de caminos del parque. Samuel, me volvió preguntar si me encontraba bien. 
—Supongo que voy a pasar la tarde cargado, pero sí, estoy bien—, respondí. 
Samuel se perdió con su bolsita blanca y yo sonreía por poder mantenerme en píe y avanzar a pesar del vacío que sentía en mi cerebro, que parecía suspendido dentro de una bolsa de líquido. 
Encontré una placita apacible en medio del parque con aparatos de ejercicio para personas mayores. Había un banco perfectamente situado, a la sombra de un gran árbol de hojas perennes. No dudé en sentarme allí. Lo hice como uno de los viejos que debían acudir a esa plaza, quejándome por el esfuerzo. Me dejé caer en aquel banco. Respiré hondo tratando de llenar de oxigeno limpio mi organismos cargado de alcohol. Me sentí solo, anónimo. Me embargaba una sensación placentera, aunque también melancólica. Nadie sabía que estaba allí, borracho. Adelanté mi postura en el banco llevando el culo hacia el borde y, apoyando los codos en las rodillas de mis piernas abiertas, bajé la cabeza para observar el suelo entre mis píes. Y contando piedrecitas, con la espalda totalmente curvada, enfundado en mi abrigo, me quedé dormido. 
Las zapatillas de un viejo que hacía ejercicios en una paralelas me trajeron de nuevo a la vida. En un primer momento pensé que se trataba de un un niño, pero no, eran las pisadas contra el suelo de arenilla de un hombre mayor que hacia ejercicio. Miré el reloj y comprobé que había estado allí, en aquella postura durante más de hora y media. Noté que babeaba. Me embargó una especie de lástima. Fui enderezándome. El viejo de las paralelas no se percató de ello, tampoco dos más que sentados en otro banco frente a mi leían el periódico. Pensé en qué habrían pensado las decenas de personas que, sin lugar a dudas, habían transitado por esa placita del parque durante el tiempo que había estado dormido. Un pobre hombre acabado, un nuevo pobre en los primeros estadios de la indigencia, un hombre desesperado. Me levanté, comprobé mi estabilidad y me marché, con la sensación de haber llegado a algún tipo de punto de inflexión. Ese día comí un café y un croissant de chocolate en un establecimiento al otro lado del parque. 
 

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