Unas cosas que llevan a otras

por Fausto Lipomedes  -  18 Marzo 2019, 00:00  -  #recuerdos, #relaciones destructivas, #huir

Anoche estuve cenando con mi hijo y con su pareja. Es muy joven aún, y ella más. Ya viven juntos. Hacía tiempo que no les veía. Agradable velada llena de preguntas un tanto íntimas, más provocadas por la curiosidad de su chica, que por la de mi hijo.  De pronto he descubierto que mi hijo tiene una opinión sobre mí, y creo que no muy óptima, que censura mis ideas y mis actitudes, y eso me duele. 
Como apunte diré que me sorprendio descubrir el objetivo, casi único, de mi primogénito, de ganar dinero. No dejaba de preguntarme durante toda la cena de quién había heredado ese afán por el dinero. Me estrujaba la sesera intentando descifrar si lo valoraba tanto por mi influencia. Desde luego que valoro el dinero, pero no ha sido el único objetivo de mi vida. Bien es cierto que nunca me ha faltado, pero tampoco me ha sobrado, ni he acumulado nunca el necesario para centrarme sólo en él y en su reproducción, una actividad practicada por mucha gente. 
Hablando y hablando surgió el tema del amor, de las parejas y de qué elementos definen las relaciones, y hablando y hablando se trazaron varias pinceladas sobre las mías, que dicho sea de paso han sido variadas y creo que deformes y extrañas, y no sé si tengo la culpa de ello. Y me resultó muy curioso que las personas que se han cruzado en mi vida y que mi hijo ha llegado a conocer, de la que mejor recuerdo guarde es de la persona que mencioné anteriormente, aquella mujer con la que no querría volver a cruzarme . Y es curioso, no me digáis que no, que la susodicha saliera a escena. 
No suelo rememorarla, pues no me es grato, pero en algunas referencias a ella que he hecho con otra personas, siempre he dicho que estaba loca. Cuando, de esta forma la califico, las personas que me oyen siempre reaccionan de igual manera, me dicen que no diga eso. Yo sonrío, por la repetición de la valoración, y siempre contesto lo mismo, estaba, al menos desequilibrada. Supongo que esa reacción se debe a esta forma de pensar imperante en la que nadie debe de descalificar a nadie, pero lo siento, es lo que pienso y sentí. 
No sé en qué momento iniciamos la relación, ni en qué circunstancias.  Tampoco sé qué tiempo duró. Sólo me quedan retazos sueltos y algunos hechos llamativos, al menos para mí. 
Pero todo esto tiene su origen al hablar de casa, de lo importante que es para mí este recinto y de cómo espero, de quien venga él, que lo tenga en cuenta, lo que no tiene porque ser un obstáculo para que se encuentre a gusto. 
Aquella mujer era bajita y tenía un cuerpo pequeño para el tamaño de su cabeza. De hecho, si su cuerpo hubiera estado en sintonía con su cabeza hubiera sido horroroso. Era una mujer extraña, una mujer joven que parecía empeñarse en querer aparentar ser mayor, y me refiero a su ropa, a su manera de vestir, a sus grandes bolsos negros de abuela, a su corte de pelo, a sus modales y actitudes, a su severidad en algunas ocasiones.  

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