Maldeseo

por Fausto Lipomedes  -  14 Diciembre 2018, 21:10  -  #mal deseo, #aguero, #mal rollo, #pájaro de mal aguero

Yo, de pequeño, y después también de joven, acostumbraba a hablar mucho con mi abuela. Al principio no me quedó otro remedio pues vivía solos ella y yo y debía de cuidarla. Pero con el tiempo sentí que aquella responsabilidad, lejos de ser un incordio, era, en realidad,  una gran oportunidad para acceder a cierto conocimiento remoto. 
Lo califico remoto porque mi abuela nació en 1900 y sus veinte años, obviamente, coincidieron con aquellos remotos locos años 20 de principios del siglo XX.  Sí, son tiempos remotos porque las personas parecían estar hechas a imagen y semejanza de otros dioses. Y casi un siglo después, o ya un siglo después, aquí estoy, hablando de sensaciones, actitudes y puntos de vista aprendidos directamente de un ser humano que vivió quellas lejanas décadas. 
Mi abuela me contó muchas cosas, y a diferencia de mi madre, que ahora ya es de mayor edad que mi abuela, (lo cual no deja de sorprenderme porque yo me siento igual que cuando escuchaba a mi abuela)…..perdón, decía, que a diferencia de mi madre, mi abuela no contaba, narraba. 
A diferencia de mi madre, mi abuela había visto otros universos y había vivido en otros mundos, aun siendo geográficamente el mismo lugar en el que yo, y tú, y usted, habitamos. Pero quizás la mayor diferencia entre estas dos mujeres es que, salvo en los aspectos educacionales básicos, mi abuela no trataba de ejercer ningún control ni trataba de imponer sus criterios, ni tampoco trataba de aprovechar el privilegio de la mayor edad. Creo, en este sentido, que mi abuela siempre fue joven, e incluso en sus últimos días sobre este planeta lo siguió siendo. 
A los locos años 20 también se les denomina los felices 20 y, sinceramente, ahora que lo recuerdo, mi abuela siempre lo fue y así lo expresaba su sempiterna cara risueña. Creo que había un vinculo primario entre los hombres y las mujeres de aquellos años con la vida, o con la naturaleza, o con sus raíces, fueran estas cuales fueran. Existía una especie de agradecimiento por vivir, una cortesía hacia la vida, sencillamente por que ésta te hubiera dado la oportunidad de conocer el significado de ese verbo, vivir. 
Pero no quiero extenderme sobre las maneras en que aquellos seres humanos supieron habitar y relacionarse entre ellos o sobre cómo aquellas otras formas moldearon sus caracteres y sus maneras de enfocar su existencia y la de los demás, no.  Lo que quería era rescatar a un ser que, según mi abuela, existió y sobre el que, a pesar de haber pervivido hasta nuestros días, apenas es mencionado en crónica alguna. 
Mi abuela hablaba de hechos, mi abuela narraba anécdotas de cómo eran aquellos tiempos y si había un denominador común a todas ellas era el de la alegría. Sin duda que hubo malos momentos, pero fueron pocas las narraciones en las que existiera la tristeza o el pesar. Su cerebro había cribado lo negativo y había construido, mayoritariamente, una memoria alegre. 
Sin embargo, de vez en cuando, en medio de la narración de un hecho vital, introducía de pronto una curiosa frase en la que, por ejemplo decía: sí, y se unió al grupo un mal deseo que lo arruinó todo, o también, por ejemplo, mi amiga Luisa empezó a salir con un mal deseo. Yo al principio no me percaté del significado, es más lo encontraba poético, pero mis dudas crecieron cuando cambiaron los géneros, y un día comento, si cuando Carlos se echo por novia una mal deseo. Entonces, la interrumpí y la puntualicé: abuela, querrás decir que tu amigo Carlos se echó por novia a un mal deseo. Mi abuela me miró, me sonrió y me dijo, no, no, una mal deseo. Pero abuela, le repliqué, el deseo es masculino y por tanto, debía de decirse un mal deseo. Mi abuela hizo su sonrisa más profunda y es cuando me hablo de los y las maldeseos, de las personas denominadas maldeseos, ya fueran hombres o mujeres. 
El terminó me llamó la atención y se solicité que me explicara aquello, que me dijera que tipos de personas eran esas maldeseos. 
Mi abuela, sin perder su bondad me vino a decir que era bastante evidente que las y los maldeseos era seres que, como su propia denominación indicaba, sólo eran capaces de generar deseos malos, no sólo hacia los demás, sino también hacia sí mismos. Personas que no habían sabido superar problemas o frustraciones o, simplemente a la mala suerte, y que se dedicaban a extender entre sus entornos cercanos ese rencor que les anidaba en las entrañas. Además, me añadió que era difíciles de descubrir a simple vista y que como un cáncer, sólo eran descubiertos cuando ya estaban extendidos y habían oscurecido los colores con tinta negra. 
 

 

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