Mi ente y yo

por Fausto Lipomedes  -  18 Noviembre 2018, 18:59  -  #ente, #soledad, #personalidad, #el otro yo

Se acaba la luz del domingo. Hace unos minutos que ya se ha ocultado el Sol, pero aún queda ese resplandor morado oscuro de las tarde de otoño. Llueve, o llovizna y Tom Waits inunda de tristeza y melancolía mi tarde/noche. Y me digo, que si acaso no es todo tristeza y melancolía, si acaso no estamos constantemente recordando nuestro mejores momentos del pasado y añorándolos y sabiendo que por más qué queramos, ya no seremos capaces de volver a construirlos. Al menos, tenemos nuestro pasado y el don de recordarlo cuando queramos, donde queramos. 

He tenido, y aún estoy teniendo, un fin de semana de soledad.  Aunque lo de soledad es relativo, porque lo cierto es que estoy bastante a gusto conmigo mismo y sólo, lo que se dice sólo,  no estoy. Hay otro ente dentro de mi que me acompaña donde quiera que voy.  Otro ente de dimensiones y volumen inferior al mío, porque noto como le transporto dentro de mí. Creo que flota, que no está sólidamente anclado a mí, pero sé que no puede escapar de mi carcasa corporal. A veces le imagino como un pequeño monigote de mi mismo, revoloteando en mi cerebro. Otras veces me siento como un traje de astronauta, siendo él, el  ente, el cuerpo dentro de él. 

El ente, mi ente, es quién realmente siente libremente, quien no tiene vergüenzas ni remordimientos. Mi ente es quién conoce las razones de todo, las más íntimas, las que yo mismo no me atrevo a reconocer o, a veces, a admitir. 

Mi ente esta a salvo de todo, pues nadie, más que yo, sabe que existe. El nunca da ni dará la cara. Yo soy la cara, su carcasa. Yo, que, a veces ,expreso externamente acciones y actitudes que mi ente no comparte. Yo, que digo que no, o que digo que sí a hechos que son realmente los que deseo o los que no. 

Me ocurre que cuando tengo etapas excesivamente sociales mi ente y yo nos alejamos, nos vamos perdiendo el rastro y acaba haciendo cada uno su vida. El parece adormecerse en estas etapas y simplemente, de reojo, parece observar actuar a su carcasa. 

es por esta dicotomía que necesitamos tanto de la soledad porque, en la así denominada, volvemos a dialogar, a integrarnos, cada uno con sus puntos de vista, sí, pero convivimos y en algunos puntos parecemos coincidir. 

Y pienso que si esa soledad fuera prolongada podríamos ir incrementando el número de actos y pensamientos coincidentes e incluso podríamos fundirnos en uno sólo. Pero para que esto último ocurriera, sospecho que quizás no debiera mediar relación humana alguna porque, siempre que existe, parece que mi ente y yo tendemos a separarnos, aunque sólo sean milímetros, porque yo actúo y el se queda quieto, absteniéndose, sabiendo, mejor que yo, que aquello que hago o digo, no es realmente los que deseo. 

Y me pregunto sobre porque somos unas raza tan rara. Sobre porque teniendo esta capacidad de discernir lo que deseamos, o no, tan pocas veces lo conseguimos. 
 

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