Un país sin bidés

por Fausto Lipomedes  -  8 Agosto 2018, 16:03  -  #viajes, #costumbres, #bidé

¿Qué se puede esperar de un país sin bidés? 
Poca cosa. 
¿No? 
He cruzado el Atlántico y me he vuelto a infiltrar el el país de las normas y las películas. Hacía tiempo que no iba por allí y, la verdad, siempre que me toca ir, los reparos y recelos se disparan. Algo pasa conmigo y con estas gentes, algo que provoca que nuestras químicas no fluyan. 

Los problemas empiezan en la frontera, cuando llego al aeropuerto. Es como si fuera incapaz de ocultar mis pensamientos y ellos detectaran lo qué íntimamente pienso de ellos. A través de la expresión de mi rostro debe de escaparse el desprecio que , os confieso, no puedo dejar de sentir hacia ellos. 

Y obviamente volvió a ocurrir. Esta vez en la capital del país. 

Después de enfrentarme a una máquina biométrica que leyó mis ojos, y los códigos de mi pasaporte, después de ser distribuido y asignado, como un preso, a una de las filas de uno de los mostradores de aduanas, me toco el turno. 

Un policía negro, rechoncho y despectivo observaba mis documentos. Me solicitó que me quitara las gafas, me pregunto sobre el motivo de mi visita, mi país de procedencia, dónde iba a estar hospedado, cuándo abandonaría el país… y yo respondí a todo solícito y, por los movimientos y actitud de aquel tipo, intuí que esta vez iba a pasar la prueba.  Pero me preguntó de pronto si había tenido alguna vez algún problema con la policía de aquel país. Obviamente contesté que no y cuando ya iba a salir de aquel mostrador, me requirió de nuevo el pasaporte, lo metió en una caja metálica y me indicó que anduviera por un pasillo, situado en un lateral de la terminal,  siguiendo una línea roja en el suelo, con mi pasaporte dentro de aquella caja. 

Llegué hasta una sala amplia donde otro policía aguardaba tras otro mostrador. Si vas por allí te aconsejo que no cruces las líneas rojas en el suelo ni te saltes los stops. Espera sumiso hasta que te llamen, olvídate de tus derechos, estás en manos de las violentas fuerzas del orden vestidas de negro. 

El siguiente policía era blanco, pero rechoncho también, no sé que me dijo, a éste era difícil entenderle, y como son tan ignorantes y tan paletos no hablan otro idioma que no sea el del imperio y como todos los demás habitantes del mundo nos afanamos en hablar el suyo, están más que convencidos de que, por cojones, has de hablar su lenguaje de animal borracho. Más o menos me indicó que me sentara y que esperara a que me llamaran. Vi al rubio rechoncho llevar mi pasaporte, dentro de aquella caja, a un mostrador donde dos policías, uno negro y otro blanco, parecían pasar el tiempo. 

Me senté y esperé y esperé. A aquella sala llegaban gentes extrañas, asiáticos, occidentales, musulmanes, mujeres con velos, africanos, gentes con media vida metida en grandes maletas, gentes cansadas de largos viajes ahora sentadas, junto a mí, en aquella sala, bajo la luz blanca procedente de grandes fluorescentes en el techo. 

Los policías de los mostradores eran de movimiento lentos, propios de la pereza que arrastraban. A los treinta minutos me levanté a preguntar de nuevo al rechoncho rubio. Me trató con desprecio, le importaba un culo, _espere a que le llamen,_ y yo pensé que esos idiotas eran incapaces de pronunciar mi nombre y mis apellidos europeos de manera inteligible. Viajaba con dos personas más, me llamaron y les expliqué la situación. Les comenté que se marcharan, que me estaban _puteando_ y que no sabía cuando saldría de allí, pero insistieron en esperar. Mandé un mensaje a un ángel de la guarda en mi país, al menos el móvil me permitía estar en contacto. 

Pasó otra media hora y nadie pronunciaba mi nombre. Empecé a ponerme nervioso y ansioso, daba paseos por la sala, fui a beber agua, volví, me senté de nuevo y ya, desesperado, me dirigí hacia el mostrador de los policías perezosos que en teoría tenían mi pasaporte, pues mucha gente que había llegado después que yo, ya había sido despachada.  Ja, el hijo de puta que tenía mi pasaporte me dice que sí, que me habían llamado pero que estaba hablando por teléfono y no lo debía de haber escuchado. El cabrón sabía quien era el dueño de ese pasaporte y en vez de volver a llamarme cuando me viera colgar, se limitó a castigarme. Medí mis palabras de respuesta a su explicación, no estallé, me la jugaba si actuaba así, pedí disculpas a las fuerzas del orden y me dio mi pasaporte diciéndome que podía seguir. Sentí un alivio enorme pero, de nuevo, había empezado con mal pie. 

Salí de allí ansioso y desesperado. Necesitaba respirar aire, llevaba doce horas aerotransportado, metido en las atmósferas artificiales de las terminales y en las asépticas de dos aviones.  Me zumbaban los oídos. Vi a mis compañeros de viaje, a quienes ya había advertido de mis usuales problemas para entrar en aquel país. Se afanaban en contratar un vehículo a través de una aplicación móvil. Les salude y les dije que les esperaba fuera, que necesitaba respirar. Nada más traspasar las puertas de cristal me di de bruces con una bofetada de pegajosa humedad que no tardó ni tres minutos en hacerme sudar. Encendí un pitillo en un país en el que desprecian a los fumadores, no que los niños puedan llevar fusiles y fumé alerta, pues otro policía, a unos treinta metros parecía que estaba observando mis movimientos. 

La recogida de viajeros en aquella terminal era un caos. Los automóviles, japoneses, chinos, coreanos y esos grandes carromatos y tanques con los que se transportan las gentes de este lugar, se arracimaban en un andar nervioso y sonoro de motores al ralentí y pitidos en tres líneas paralelas motorizadas. Había que buscar un modelo de coche con una matrícula concreta, nuestro transporte. Al fin apareció entre el resto de autos y nos acomodamos dentro de él, al volante un griego que hacía tres años que residía allí. Nos incorporamos a la autovía, bastante congestionada, y derechos a la capital. 

Menos mal que la recepción y registro en el hotel fue rápida, pues me moría por tener un rato de intimidad, de relax, un tumbarme en la cama y soltar un suspiro. Lo primero que haces cuando llegas a una habitación de hotel es inspeccionar rápidamente los cuatro puntos cardinales de tu nuevo espacio.  Es entonces cuando descubrí que en un hotel de cinco estrellas de este país, no hay bidé. Eso sí, dispones de una ducha amplia, también de bañera anexada, de un lavabo enorme con una plantita vivaracha, de un espejo tridimensional, de otro lateral de doce aumentos, de un televisor de mil pulgadas, de un sillón confortable, de multitud de opciones y combinaciones de iluminación, de una cama de dos por dos, que siempre me hace añorar no poder compartirla, de quince mullidos cojines sobre ella, de ventanas selladas con vistas a un edificio de detectives privados, oficinas de patentes y abogados, de una platina de música, de alfombras, albornoces, zapatillas, pero no hay bidé. En aquel país, cuando cagan no se limpian el culo, se lo deben pasteurizar con una aplicación móvil. 

En este país las cosas están aburridas porque sus gentes también lo están. No sabría cómo describirlo. Los términos que me viene a la cabeza, además de aburrimiento, son varios, pero silencio y aséptico son los que más se repiten. Este país ha elevado a sublime la apariencia, al menos aquí, en la capital que, como visitante, me hace recordar a aquellos que viajaban a la antigua Roma para rendir pleitesía al Imperio y a su poder.  

Esta noche nos han invitado a cenar en una especie de merendero de cangrejos que has de abrir a martillazos, estos últimos son de madera. El lugar pretende ser un caos similar a los chiringuitos a los que estamos acostumbrados los humanos del sur, pero no lo consigue y no lo hace porque las personas sentadas sus bancos corridos están extrañamente silenciosas. Hay grupos de estudiantes, jóvenes celebrando cumpleaños y familias con niños pequeños y padres apesadumbrados. Me toca al lado de una mujer madura que es la persona más llamativa que he encontrado en este viaje. Es una mujer que parece no haber echado nada en su pelo durante toda su vida, tampoco habérselo cortado o arreglado. Se hizo una coleta a los diez años y desde entonces sigue con ella. Tampoco muestra rastro alguno de crema alguna su rostro, pero es de mirada franca y de eterna sonrisa. Intercambio con ella unas frases típicas, sobre si es la primera vez que visito la ciudad, sobre si ella conoce mi país, etcétera, etcétera, pero no hay materia para ahondar en más. Hay que atender a los otro cuatro comensales que parlotean en esa lengua bárbara. El marido de esta mujer, igual de sonriente que ella, un neozelandés de habla irreconocible y mis dos compañeros de viaje. A golpe de martillo pasa la velada. Han soltado treinta cangrejos enormes encima de nuestro mantel de papel y han puesto un cubo de plástico en el centro para ir echando en él los restos de los crustáceos. Bebemos cerveza, se cuentan anécdotas, chistes, se explica la idiosincrasia del local, se especula sobre los dos días de reuniones que tendremos mañana y pasado mañana. Se ha acabado la conversación. El marido de la mujer granjera saca su móvil, contrata un coche y nos comenta a los viajeros que lo tendremos fuera en dos minutos. Salimos corriendo de aquel local. 

A la mañana siguiente me despierto a las cinco de la madrugada. El cambio de horario me hace abrir los ojos a esa hora. He quedado a desayunar a las siete y media. Procuro volver a dormirme, pero es imposible, así que me levanto, me ducho y me lanzo a la calle a ver el origen del día en aquella ciudad. Cuando salgo del hotel la misma humedad me sacude el cuerpo. La temperatura se mantendrá estable durante todo el día y también esa maldita humedad. Deambulo por la urbe, tan limpia, sin una sola colilla en el suelo (aquí nadie fuma). Me meto en una especie de tienda de primeros auxilios urbanos. Me hago con una café negro en un gran vaso de cartón con tapa y con una cajetilla de Marlboro. 

Voy por avenidas, mirando escasos escaparates de entidades financieras, hamburgueserías y locales de comida rápida. Sólo veo negros enormes vestidos de guardias jurados haciendo el relevo de turno arrastrando sus cuerpos llenos de cartucheras y también veo corredores. Hay montones de corredores enfundados en sus uniformes universales con sus dispositivos universales. No sé como pueden correr con esa humedad. Esperan dando saltitos en los semáforos, consultan sus móviles, sus relojes y sudan, sudan a chorros. Son jóvenes, adultos, de todos los colores, son triunfadores, son hombres y mujeres sacrificados que poco después se enfundarán en sus trajes y marcharán a exprimir planeta. Me miran por encima del hombro, a lo mejor porque voy con un café negro y fumando un cigarrillo. No creo que sea envidia, más bien desprecio, son una raza superior, y ellos lo saben, son aburridos y tensos, son predecibles, son facilones y sumisos y gilipollas. 

La reunión es un lugar lejano porque el metro cuadrado de oficina es más barato. Un edificio triste en una avenida arbolada llena de hoteles de ejecutivos y, otra vez, lugares para comer rápido. Los coches que avanzan por esa avenida, están limpios, no hacen ruido, maniobran despacio, dan sus intermitentes y sus conductores y conductoras miran al frente, perfectos. 

Metodología imperial en la reunión. Todos hemos hecho nuestra presentación, yo también. Ya van dos horas, o quizás tres y me ha importado realmente poco lo que los demás han contado. En realidad ¿quién hay aquí brillante? hablar, hablar y hablar para contar lo obvio. Disertaciones, circunloquios llenos de pesadumbre e incógnitas para rodear la nada. Se levanta el jefe y una de las paredes es una pizarra. Coge un rotulador y empieza a apuntar palabras en esa pared. Palabras que todos conocemos, términos de los que ya hemos hablado antes, otra vuelta de rosca a lo mismo. Los reunidos miran la escritura, reflexivos, se van levantando en silencio, con esa pose apesadumbrada, cargada de circunstancia y apuntan, en la pared su término. Yo estoy a punto de levantarme también, pero que les den por el culo. Me he hecho siete mil kilómetros para ver esta parida. ¿Dónde esta la pasta? es lo que en realidad andan buscando todos, dinero, más dinero. 

Le digo a uno de mis acompañantes, que también se ha levantado a escribir, que me apunte una palabra. Me entran ganas de mear en esa oficina en medio de esa avenida lejana flanqueada por árboles y césped de plástico. Me levanto y voy al cuarto de baño. Hay alguien dentro del reservado, pero adosado a la pared hay una especie de meadero extraño. ¿Es un bidé? Es ancho, bajo, cargado de agua. Me acerco a él y como no puedo más de las ganas, meo. El sonido de mi pis estrellándose contra el agua inunda el cuarto de baño. Tengo unas ganas terribles, no puedo dejar de mear. El hombre que está en el reservado tiene que estar oyendo mi meada, allí sigo amarilleando el agua que reposa en el extraño meadero, un meadero diseñado para que todo el mundo te oiga mear.  Me acuerdo de aquella frase de García Márquez en su novelo El amor en los tiempos del cólera: no conocerás a un hombre hasta que no le oigas mear. Acabo, que satisfacción. No hay donde pulsar para que el agua se renueve, me alarmo y al alejarme un poquito el artilugio, que debe de ser inteligente, procede a vaciar mis restos y a renovar con aguas limpias su vientre. Y pienso si no habrá un sensor más en los meaderos de empresa de este país que te midan el colesterol, tu estado de ánimo, el estado de tu próstata y tu rendimiento. Voy a tener que mear ahí hoy y mañana y me pregunto si no habrán diseñado una app de meadero, de aquellos meaderos, para que obtengas todos los datos, estadísticas y previsiones de tus micciones.  

Salgo harto de allí, así que le den por saco a la reunión, me bajo a fumar un pitillo. Llamo al ascensor y un tipo impecablemente vestido y en mangas de camisa, blanco, insulso, un lechuga de piel rosácea, se sitúa al lado mío, pero lejos,  al mismo tiempo que entro en la caja. Le saludo, no responde, debo parecerle un ser inferior. Chasco la lengua, no reacciona, miro el contador de los pisos, le cedo el paso cuando las puertas se abren y es cómo si de antemano estuviera escrito que el iba a salir antes. _Anda que_, digo en voz alta, el tipo se pierde en otro lugar del hall. Salgo al exterior. No hay nadie, pero un letrero dice que fume a cincuenta metros del edificio. Me río, pero mejor, así doy un paseo. Voy hasta la avenida, ando por las aceras pulcras pensando que voy a hacer con la colilla cuando acabe el pitillo. Pienso que hay cámaras y sensores. No mala puedo comer, ¿Qué hago con la prueba del delito? ¿Me expulsarán de la reunión? Vuelvo y aprovecho un charquito para apagar la brasa, la colilla la deposito en un cenicero. Vuelvo a la reunión, siguen mirando la pared. Así que me siento y también miro a la pared. Entra una china dócil y madura y trae  bocadillos de langosta, esa va a ser la comida, jodidos bocadillos de langosta pálida. La china los va situando en medio de la mesa con bolsas de patatas fritas, agua, coca cola, naranjada o café. Joder, inaguantable. Mi acompañante, la femenina, mira aquello con gran sorpresa, que gracia, parece pensar, está excitada de comer aquella mierda. Paso del pan, picoteo algo de langosta. Hay revuelo, los reunidos se levantan, disertan, van a por agua, son escrupulosos en sus movimientos, parece acostumbrados a comer aquella mierda en la oficina. 

La reunión se larga aún tres horas más. No sé que hacer. Ya he agotado todos mis recursos para parecer atento e interesado en algo que no es nada interesante. Abro el ordenador, me conecto, vuelvo, a través de la máquina, a mi lejana rutina, saludo cibernéticamente a los míos, leo las noticias, de vez en cuando levanto la vista, parezco atareado, miro mi mail, contesto, es ya tarde en mi país, la gente normal está a punto de irse a la cama. 

Acaba la reunión, por fin, que alivio. Vuelta al hotel, pero esta noche también tenemos cena en un restaurante español. Ducha, dos pitillos en la entrada del hotel con un negro chisposo que pide taxis, da paraguas y saluda a los clientes. Bajan mis acompañantes, nuevo automóvil, esta vez un indio con faldas. El vehículo huele a India y lleva una especie de santuario de hojalata colgado del retrovisor que no para de menearse. 

El restaurante al que vamos está en una zona cara, en el río, en una especie puerto deportivo.  Nos cuesta encontrarlo, pero al fin damos con él. Es un espacio diáfano y amplio al que han recargado de montones de arrumacos y objetos estrambóticos como decoración. Hay un jamón solitario y raquítico metido en una especie de carrito de helados, está en el hueso, y también un cubo plateado enorme lleno de botellas de vino, peces expuestos sobre hielo y camareros solícitos embutidos en unas chaquetillas adornadas  y bordadas con estampados que hacen recordar a la corte francesa del siglo XVIII.  El restaurante español se reduce a vinos y tapas cinco veces mas caros que aquí y raciones que diría son una cuarta parte de las nuestras. Ridículo lugar donde derrochar el dinero jugando a comer exquisiteces que aquí puedes degustar en cualquier taberna o bar de barrio, mundo extraño. Solícito, voy repartiendo mini porciones entre los asistentes a la cena, no sin cierta risa interna. Hoy pasaré hambre, pienso. La conversación es banal, mi acompañante viajero trata de explicar los bocados que estamos degustando a los demás comensales que asienten y observan como si estuvieran asistiendo a un truco de magia. Les miro, trato de imaginar que piensan en realidad de aquella cena. Parecen cansados y con ganas de volver a casa, como yo. 

Por fin en el hotel. El puto silencio de las habitaciones de los hoteles. Ese silencio que te lleva a la reflexión, a preguntarte quien eres, qué haces ahí, que papel juegas en la vida o si tu vida es tuya. Te sueles mirar en los espejos y te estudias, después de todo, estás sólo. Me duermo poco a poco. 

El día siguiente no tiene historia. Como la jornada anterior hago mi exploración matinal. Los mismos negros, policías y los mismos corredores sudorosos. Más reunión por la mañana, nueva meada en mi meadero favorito, nueva gente en el ascensor que se aparta de mi, nuevos cigarrillos, y fin de la sesión de trabajo que acaba con un almuerzo en un local de comida rápida asqueroso. Adioses a los invitados. Finalmente intercambio unas frases con el neozelandés ininteligible, me mira como imaginándome en mi país ¿Me envidia? Después de todo parezco el más libre del grupo. 

Aún queda una sesión breve después del almuerzo que improvisan sobre la marcha. Va a venir a enseñarnos a hacer videos una rubia veinteañera de ojos vivaces. Aparece la susodicha, la cual merece pocos comentarios. Dinámica, con su melena rubia y sus ojos azules, dispuesta, activa, sonriente, de voz escandalosa que usa para expresarse en ese idioma de especie que no ha llegado a ser humana. La criatura hace videos, llena de emoticones y adornos los discursos huecos, todo es luz, risas, todo es un festival de la nada y de la ausencia de talento, de esa culturilla de lo feliz que invade el mundo y de la que está gente es creadora y exportadora. Me piro, no lo aguanto, ya estoy a reventar de la nada. 

Esa noche hemos quedado a cenar con un matrimonio, amigos de mi acompañante masculino de viaje. Un encanto, tanto él como ella. Nos movemos hacia la parte antigua de la ciudad, crecida en torno a la Universidad, un edificio imponente de finales del siglo XVIII y en la que parece que se forman las élites de aquel país. El matrimonio y mi compañero de viaje parecen soñar con que sus hijos puedan, algún día, estudiar en ese centro. Hablan de caballos, de masters y de títulos oficiales reconocidos internacionalmente. Cursar estudios en esa Universidad no es caro, es lo siguiente a caro. Pregunto si la educación que reciben los pupilos es también, mejor. No saben responderme. Aprovecho para hacer unas compras. Me aparto del grupo, pues ellos optan por tiendas de ropa deportiva y por marcas textiles. Antes de ir a cenar damos un paseo por aquella zona de la ciudad. La mujer se afana por hacernos de guía turística y, realmente, nos informa de cosas curiosas, pero este es un país sin historia y lo más culturas que veo es una famosa escalera de una famosa película de Hollywood pegada a una gasolinera.  Nos reunimos en la mesa de la cena, ya tranquilos y el matrimonio, a pesar de parecer excitados con su vida en aquel país, poco a poco, empiezan a derrumbarse y a poner en duda el modo de vida de aquellas gentes. Ella me confirma lo que ya había notado, que las personas se apartan unas de otras, que en aquel recóndito lugar parece haberse expandido la conocida aura humana. 

Cenamos comida local y la mujer del matrimonio celebra que fume, pues me pide un cigarrillo y me invita a que vayamos junto s a fumarlo a la calle. Es de noche y en aquel barrio antiguo parece querer haber _marcha_ pero habiendo todos los ingredientes para ello, parece que faltan personas para rellenar el ambiente. La mujer me confiesa que está deseando de volver, que no soporta aquel clima pegajoso ni la sociedad que vive bajo aquella humedad. También me habla de su hija, de sus amigas, de su marido, lo que da de sí un pitillo. Acaba la cena y me ha alegrado conocer a aquellas personas. Me invitan a contactar con ellos cuando vuelva allí y, por un momento, no lo descarto. 

De vuelta en el hotel.  Otra vez la habitación y la soledad. Al día siguiente viaje de vuelta en dos saltos, y de nuevo la aduana, pienso. Me duermo plácidamente y por la mañana, aunque ya me voy despertando más tarde, tengo tiempo para dar mi tercer paseo matinal, simplemente para confirmar que todas las mañana, en aquel lugar, son iguales, y así es. 

Aun tenemos tiempo para visitar un museo ante de ir al aeropuerto. Volvemos andando al hotel y me empapo de sudor. 

Embarcamos en un vuelo local. Me tocan dos niños como acompañantes de viaje. Un chaval negro de unos seis años que viaja solo y una adolescente rubia que viaja en chanclas. Despegamos, aterrizamos. 

Corriendo por la terminal cogemos el siguiente avión por los pelos, no antes de pasar una agobiante aduana en la que de nuevo los perros ladran y te tratan con desprecio. Me abren la maleta, me remueven todo el contenido, me cachean, pero consigo flanquearla, por fin libre. Llego a la aeronave de bandera de mi país, y una vez que me embarco sé que estoy en mi territorio, que descanso. Todo vuelve a la normalidad. me acomodo igual que lo haría un viajero sediento y hambriento en un mullido sillón y me dejo llevar por mis deseos de llegar a mi destino. Tras la comida de a bordo me meto media pastilla mágica y lo último que recuerdo es a una solícita azafata incorporando mi asiento y las luces de mi ciudad bajo aquel aparato. Y lo siguiente que recuerdo es introducir la llave en mi coche y tengo un lapsus de negrura entre esa azafata incorporándome y la cerradura del automóvil. No recuerdo como salí de la terminal, ni siquiera si me despedí de mis acompañantes ni del momento de pagar el parking, y le he dado vueltas, y he tratado de recordar, pero por mas que quiero no soy capaz de visualizar nada. Y esto me agobia porque es la primera vez que me ocurre y pienso en sus razones y así sigo, con minutos en negro en mi cerebro y si por algo recordaré este viaje es por su final amnésico. 
 

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