Un problema aritmético

por Fausto Lipomedes  -  6 Junio 2018, 21:57

Me pregunto si me haría falta ir a un psicólogo. 
Si fuera el personaje de una novela, sería algo así como ese hombre ya entrado en años, profesional, que comienza a sentir que el mundo en el que ha habitado se comienza a derrumbar a su alrededor y no sabe muy bien cuales son las razones. 
Por vez primera he de confesar que siento miedo y por vez primera, he de confesar que me revuelvo como un animal herido ante mis seres queridos, intentando descargar mi ira y mi frustración con ellos. 
No sé si esta actitud es humana, no sé si soy yo el culpable o si es pura desesperación por encontrarme contra la pared y el filo cerca de mi vientre. 
Estoy cansado, como agotado. Intento mantener el orden y la organización, pero ya son demasiadas cosas, demasiadas imposiciones, demasiadas caras de aquí no pasa nada y yo siento que pasan muchas cosas. 
Oh, jodida edad que se lleva las fuerzas y el humor, que te convierte en débil y asustadizo. Jodida edad que te echa de la palestra, al menos ahora, te arrincona y contigo tu cabeza, tu cerebro y tus ideas. Jodida edad que de nada sirve, salvo para que cueste más transportar tu cuerpo. 
Sí, lo sé, que escrito más tremendo, que poca filosofía vital, que pesimismo, que enfoque más oscuro de la vida. He apostado mucho por vivir y ahora, en el antepenúltimo capítulo, la vida comienza a desmoronarse y resquebrajarse. 
Lo siento, carezco de memoria, yo no tengo esa capacidad de rememorar, lsoy tan presente, tengo tanta ansía por ser siempre feliz, que el pasado ya está usado y el futuro, ya veis, oscuro. 
Tiendo a refugiarme y a huir, solo anhelo llegar a mi castillo y observar el reino vegetal ridículo que me rodea, observar las hojas crecer, mirar pétalos, o caprichos de la naturaleza, parece que nada más me importa. Anhelo aislarme y creo que no me importaría que me olvidaran para, al cabo de unos años, alguien se preguntará, ¿qué será de este tipo?
Llegué a este mundo en silencio, nunca me ha gustado levantar la voz ni sentirme el centro de nada y me encantaría poder irme así, sin hacer ruido, como una incógnita sin resolver de un un viejo problema aritmético. 
Bueno, como siempre hay esperanza, mañana será otro día. 

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