Rarito

por Fausto Lipomedes  -  25 Mayo 2018, 19:55

Por fin, el silencio del viernes. El silencio del habla, el silencio en mi cabeza, el silencio de no oír preguntas, de no oír sin querer oír. Silencio en el que sólo oyes tus pasos, tus suspiro o los ruidos que haces al sentarte, al dejar el libro sobre la mesa o el de tu edredón cuando te tapas con él. 
Mi madre dice que soy rarito y que soy un radical. Argumenta su afirmación diciendo, a nadie, que no me gustan los toros, el fútbol ni el boxeo. Me río. Mi hermana se va a los toros, y la miro cansado, imaginando la plaza, el ruido, los puros, los silbidos, tipos de traje gris brillante levantándose con sus barrigones vitoreando o abroncando. Ruido y más ruido. 
Como con ambas y ahora llega el camarero y cuenta no sé que historia llena de risas, de sonrisas, historias vacuas y formales, sin esquinas ni orificios, historias pulidas y brillantes, historias de plástico, historias desechables, de usar y tirar, historias de relleno, historias que ya sabes como acaban narradas con afectación teatral. 
Y mi madre, de nuevo,  dice que soy rarito, que no hablo, que no sigo las historias, que no escucho, que no soy nada sociable, y la miro, y otra vez sonrío y creo que la saco de quicio, y al rato extiende su mano y la pone sobre la mía y nuestros dedos se dicen cosas, supongo que me acepta. 
Vengo a casa en coche, vengo a casa por una carretera estrecha y repleta de curvas cerradas entre riscos pequeños de páramo, de vegetación corta y dura salpicada por los colores de la primavera. Y los ruidosos me preguntan si no me da pereza el viaje. les miro y les descarto. Les digo que no, que desconecto, que ese viaje me hace olvidar, pasar de una realidad a otra. 
Ya, me responden, sin siquiera reflexionar sobre lo que les digo.  Y enseguida se van a los atascos de la mañana, y ya no sigo hablando ni justificando mi viaje diario ante ellos, porque me resultan idiotas y me limito a imaginarlos bajo tierra, sudorosos, apretados, mirando su estúpida pantalla del móvil. 
Pero sí, claro que desconecto, en cuanto salgo por el túnel que deja atrás la ciudad. Viajo hacia un horizonte azul, gris, blanco, negro o morado. Imagino travesías más largas que la que yo voy a realizar, imagino viajes sin retorno, vueltas al mundo, descubrimientos o visitas a parajes vírgenes nunca vistos  por el hombre. Pienso, reflexiono, sonrío mirando el cielo, analizo mis errores, mis temores y miedos, mis dudas y mis perezas, y los agobios, y también los remordimientos mientras avanzo raudo, y las cosas malas se las va llevando la aerodinámica y las buenas son el destino, el de estar solo, la imposibilidad de errar, salvo contigo mismo, la imposibilidad de herir, molestar, ofender, irritar. 
Y por las mañanas salgo limpio y han de transcurrir horas antes de mancharme en la ciudad, pero por mucho que me ensucie siempre sé que volveré lejos del hollín y el fango. 

 

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