La pera limonera

por Fausto Lipomedes  -  25 Abril 2018, 23:27  -  #muerte, #atragantado, #luz blanca, #más allá

Anoche me morí comiendo una pera. 

Debió de ser la ansiedad porque tenía hambre. Me apetecía comer fruta, un alimento fresco y saludable. Así que me puse un plato con varias piezas. 

Me fui con el plato al salón, me senté en el sillón y puse la fruta en la mesa baja, frente a mi. Debió de ser por la postura, mi glotonería y ansía, pero de pronto sentí mi boca, mi garganta, mis ojos, mi estómago, todo mi organismo saturado de sabor a pera. 

Empece a sentirme mal. De mi vientre emergieron efluvios de carne esponjosa, blanca y granulada de pera. Hasta mi cerebro olía a pera. Sabía que iba a vomitar toda aquella pera de manera violenta. Pero, ¿sabéis? no hubo tiempo. La pera pareció expandirse dentro de mí, me llenó, me saturó, me ahogó y me morí. 

Y mientras moría comiendo una pera, mientras me desvanecía para siempre consciente de lo que ocurriría, pensé en mi frutero, ya que él me recomendó las peras en su afán de vender aunque a mi no me apetecían mucho, la verdad. Me cagué en él y sopesé si era justo culparle a él de lo ocurrido. 

Después, ya caído en el suelo medio ahogado, con un sibilante suspiro por respiración, vi la famosa luz, el túnel deslumbrante que me llevaría hasta el más allá. Y desde mi postración en la alfombra de mi salón miré a través de él a ver que era capaz de ver al final, pero el resplandor era tan potente que lo que hubiera quedaba oculto en la luz blanca. 

Y pensé si de verdad quería volver a encontrarme otra vez con los que ya se habían ido hace tiempo y qué contarían, y qué consejos me darían para disfrutar de mi nueva morada, pero también pensé que si estaban allí, esperándome, es porque aquel nuevo lugar era aburrido. 

Y pensé que estaba pensando, que somos tan soberbios y tan creídos de nosotros mismos que hasta somos capaces de razonar el hecho de morir y que nuestro afán de inmortalidad nos lleva a inventar otros nuevos mundos  y que, en realidad, iba a echar mucho de menos la vida, porque me encanta vivir y, por lo tanto, no quería morir, pero me morí. 

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