Tulipanes

por Fausto Lipomedes  -  17 Diciembre 2017, 23:00

Y después de andar algo más de seis kilómetros, ¿Qué hace un hombre adulto como yo? 
Ayer comí con mi hijo. Ha adelgazado, lo cual me alegra, se estaba poniendo un poco fondón. Su madre me dijo hace unos días que estaba muy a gusto con su chica. La verdad, me alegro. Ojalá tenga una vida sentimental tranquila y sea feliz. Dimos luego un paseo, después de comer. Hacía un frío atroz, el viento soplaba y era gélido, así que nos volvimos a casa. Luego estuvo aquí hasta las nueve. Estuvimos hablando, le escuché. Se ha hecho adulto. La vida es de él, ya no es mía. 
Pero, ¿Qué hace un hombre adulto después de andar algo más de seis kilómetros? Lo primero de todo archivar el ejercicio en su smartphone a través del smartwatch. Jaja, la vida es smart, aparentemente. Yo llevo viviendo muchos años en medio de una vida dura, en la que sigo metido, pero todo lo que tengo es smart. ¿Todo? no, creo que no. Una vez registrado mi ejercicio me subo a mi coche de hace ya 25 años. Obviamente, no se trata de un smartcar,  pero a mi me encanta, es tan simple, tan básico. Vale, el hombre coge su coche, pasa de irse a tomar un vinito entre los parroquianos, acto que considera de ritual, y se marcha, cruzando los campos, hacia un vivero. El hombre, hace unos días, recibió unos bulbos de tulipanes (rojos y amarillos), y al hombre le dijeron que había que plantarlos ahora, para que estén ocultos, bajo la fría tierra, preparando su eclosión. 
El hombre es obediente sobre todo aquello de lo que no entiende o no puede suponer, y algunas cosas de la naturaleza, son como son. 
El hombre llega al vivero y aparca. Entra al vivero, busca una jardinera grande, busca un tiesto, grande (también tiene que trasplantar un ciruelo) y un saco de tierra enriquecida. El hombre lo ha elegido, cruza la explanada y entra en la oficina del vivero. La oficina es un mostrador con una caja en medio de una nave industrial llena de estanterías y de productos de todo tipo, desde termómetros hasta tuberías. 
Al hombre le resulta atractiva la mujer que hay detrás del mostrador. Una mujer madura, emprendedora, a quien imagina con carácter, con hijos, a quien visualiza con un montón de tareas, entre ellas sacar su casa adelante, a sus hijos y a aquel negocio. Una mujer activa, practica, dulce y dispuesta. 
El hombre comenta a aquella mujer lo que quiere y la mujer, a su vez, invita a un chaval, de no más de veinte años, a que me acompañe fuera para que suba a mi coche lo que he elegido. El hombre vuelve a su coche y lo mete en la explanada. El chaval es muy despierto y descarado, pero en buen plan. 
—¿No lo vendes?—, pregunta al hombre.
—Jaja, le tengo mucho cariño, y va de maravilla, de momento no me lo planteo. Tiene ya 25 años y más de 330.000 kilómetros—. 
—Son dificilísimos de encontrar estos coches—, dice el chico, —llevo meses buscando uno de estos, son maravillosos estos coches de tres cajas (ignoro que quiere decir con eso de las tres cajas), ayer estuve en el Jarama, viendo una carrera y había coches de estos. 
Ya ha subido mis compras al coche, lo rodeamos, le señalo el exterior del coche. 
—Sí, va de maravilla, el motor está como el primer día, pero mira, me han robado los embellecedores de las puertas…
—Hay mucho hijo de puta suelto—, me interrumpe el chaval que veo arrobado observando el coche. 
No lo dudo, le entrego mis llaves y le pido que me lo saque de la explanada y me lo aparque. 
—¿En serio?—. 
—Si claro, toma—, le digo acercándole las llaves. 
—Joder, me has llenado el día—, dice el chaval. 
Le doy la espalda, le oigo arrancarlo y me voy, de nuevo, a la oficina. 
Lo peor de estos lugares es que la gente es muy pesada comprando. hay un matrimonio que busca válvulas, es cuestión de milímetros. La mujer atractiva les trae piezas. Las miran, las miden, las vuelven a mirar, no se deciden, miran a las estanterías, buscan algo relacionado con válvulas, no saben lo que quieren. 
En medio de todo esto viene hacia mí un hombre de unos 65, alto fuerte, afable, sonriente. Ya le he ido antes hablar en medio de la nave. Sin dudarlo se dirige a mí. 
—¿Qué pasa jefe, hace frío eh?
—Que si hace frío—, le respondo. Engaña el sol. 
—¿Es usted del pueblo?—. 
—Sí, vivo aquí—. 
—Ah, entonces ¿no es de aquí?—. 
—No, sólo vivo—.
—Bueno, pero hace frío eh—.
—Sí, el viento es helador—, le respondo. Yo que soy aficionado a la bicicleta, y llevo semanas sin salir. 
—Ah, ¿Le gusta la bicicleta? Aquí hay muchos ciclistas. Aquí al lado vivía el Matías, era profesional. Tenías que verle, ya con sus más de setenta años, encima de la bicicleta, tenía unas piernas estupendas, y lo que corría el jodido. Una vez bajando las curvas, adelantó a un coche y paró abajo, en la gasolinera. Cuando llegó el coche le vio, era una conductora, y al verle sin casco, paro y le pregunto si era el quien le había adelantado en las curvas. La mujer estaba asombrada de que aquel viejecito manejara la bici de aquella manera…..
Mientras el hombre habla, le encanta hablar, tiene necesidad de hablar, se me ha colado otro hombre bajito, vestido con mono azul, que busca algo extraño. Tengo que cortar a aquel hombre afable, no quiero que se me cuele nadie más. 
Lo consigo, me despido el hombre afable y ya estoy frente a la mujer atractiva, que me cobra y me piro de allí. 
De nuevo en mi coche pienso que voy a parar en uno de los bares más ruidosos del país. Está en aquel pueblo. En él la gente es desafiante y deforme. Se cuelgan de la barra, te miran de soslayo, se hablan entre ellos a gritos. Normalmente son barrigudos, casi todos llevan barbas o no se afeitan, van vestidos con ropas viejas, de campo, no se lavan el pelo y tampoco parece que haya muchas duchas. En ese bar hay algunas mujeres también, y niños, y algunos juegan al fútbol dentro del local, a veces. Como hoy, que un niño de unos siete años, gordito y ya barrigudo, bruto, vestido con el uniforme del Real Madrid, con el pelo cortado como los tracks del fútbol, juega con otros dos niños, tras de mí. La madre le grita, que pare ya, el niño se la encara refunfuñando y le pregunta porque. La madre sigue gritando, porque hay mucha gente, coño. El niño no sabe si volver a empujar el balón con el píe. Ya veo a ese nene dentro de unos años. No creo que lea un libro en su vida, acabará en un almacén de melones o manejando una carretilla elevadora, quizás en una serrería o en un taller de chapa. 
Pido un vino. ¿El que yo quiera?, me pregunta el camarero. Sí, el que quiera ponerme, pero que sea rico. El vino es peleón, pero no está malo, y con gachas de tapa. Están ricas. pago mi euro y me piro a casa, conduciendo dulcemente, deslizándome entre campos por la carretera bien asfaltada, en mi coche de 25 años. 
Llego a casa, descargo mis compras y, por fin, podré plantar mis bulbos de tulipán. Frente a la casa pasa un hombre mayor. 
—¡Eh!, ¿Cómo va la vida?, me dice. Es mi antiguo vecino, el hombre cuya mujer, una viejecita encorvada vestida siempre con una bata rosa, murió
hace ya un par de años. El hombre esta solo, se le nota solo, por lo que me cuenta, sé que esta solo. Vendió su casa, y también la otra, la que ocupaba al lado mío. Me dice que quería dinero contante y sonante, que ya no quiere nada excepto eso. Salgo cuando me apetece a dar una vuelta y ya está, me dice. Asiento, le escucho, me habla de sus hijos. Ese hombre esta triste, triste y solo. AL fin se va, le miro marchar. Despabilo de mis pensamientos al cerebro y, por fin puedo encomendarme a plantar mis tulipanes, con lo que, al menos, hasta la primavera, estaré vivo. 

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