Línea recta

por Fausto Lipomedes  -  27 Diciembre 2017, 00:02  -  #camino, #amor, #relaciones, #significado, #soledad, #libertad

Muchas veces llego a la conclusión de que lo que más me espanta de la convivencia con alguien, bajo el paraguas del denominado amor, es la necesidad regular de alterar tu vida, que deja de ser lineal y definida por tus apetencias, para ser opinable y modificable por los deseos y anhelos de la vida de tu cónyuge. De pronto tus planes, tus sueños, por ridículos y simples que sean, pueden verse alterados por una llamada telefónica, la de tu ser amado, que aprovechando la palanca del cariño, tira de ti y de tus minutos, reclamando todos esos significados implícitos en la supuesta relación.
Muchas son las teorías sobre los beneficios de la vida en común, y algunas tan peregrinas, como que la gente que vive en pareja ve disminuir, en no recuerdo que tanto por ciento, la probabilidad de padecer un problema coronario, véase infartos.  Supongo que deben de ser estudios financiados por la Santa Sede o por congregaciones religiosas o sectas cristianas en su afán por mantener una forma de organización social tan eficaz como la que puede definir el santo sacramento del matrimonio. Y no nos engañemos, igual me da la unión bendecida bajo la cúpula del altar que las reconocidas por alcaldes y alcaldesas de medio pelo e incluso las pactadas de palabra entre las partes interesadas, en silencio y al vista de nadie. 
Claro que defiendo a la pareja, y al amor, pero únicamente lo reconozco, como tal, mientras dura ese estado febril y magnífico que crea el deseo. También creo que ese tiempo, el del deseo, fragua un cariño y un afecto de difícil eliminación y dejaríamos de ser humanos, si fuéramos capaces de hacerlos desaparecer, simplemente, con un pensamiento seguido de una decisión. 
Sin embargo, no dejo de ver parejas y relaciones que, desde fuera, me resultan insoportables. No dejo de observar faltas de respeto, y hasta ciertos odios viejos, únicamente controlados por esa bendición otorgada desde el más allá, bien esté ese allá en el cielo, o en la legislación o en esa creencia estúpida que habita en nuestras mentes, de que hemos de comprometernos con nuestras decisiones, aunque borren todos los días la sonrisa de tu cara. 
No sé porque fotografío tantos caminos, no sé porque me gusta enfocarlos rectos, infinitos, determinantes. No sé si siento así mi vida, como una vía recta por la que avanzo sin fin ni lugar de destino. Me gusta el silencio, me gustan mis pensamientos, me gusta esa sensación de viajero en el tiempo, me gusta la nada, lo insulso, el sonido del viento, una sombra, una hoja mecida, viva o muerta, verde o amarilla, ahí, tan sola y única. Me gusta el anonimato, el desconocimiento, la falta de suposiciones, la transparencia del extraño, la nula apetencia del desconocido, me gusta ser ese viajero en línea recta al que nadie espera, el placer de llegar a la soledad, la misma en la que viajas y a través de ella llegar a tu conocimiento. Y todo ello, a pesar de que la vida es finita.
Aún así, humano, entiendo tu necesidad de sentirte acompañado, lo entiendo, igual que puedo llegar a entender un teorema matemático, tan rígido, pero capaz de explicar lo abstracto. 
Puede que sea un problema de educación. Yo siempre he pensado que la convivencia se aprende, que hay que educar los sentimientos, que hay que aprender, de ahí que alguien haya de explicártelo, a amar. No creo que el dichoso amor sea innato o vaya incrustado en algún eslabón de nuestro ADN.  Pero si es tan físico y tan propio del ser humano, quizás algún laboratorio pueda aislarlo, reproducirlo, clonarlo e insertarlo en nuestra cadena, la que nos define como personas. Siguiendo este razonamiento, habría de pensar si llegado este descubrimiento y comercializado a un módico precio, lo consumiría y dejaría injertármelo. Permitidme que tenga dudas al respecto, pues pienso que sería lobotomizar mi esencia, cambiarla y trasformarla hacia un entorno nuevo y desconocido en el que la soledad se pacta o es fruto del desprecio y el desinterés. Y esto último, no lo quiero, prefiero que a pesar de mi torpeza y mi incultura sentimental, lo que doy, por poco que sea, lo sea real y libre, porque querer, yo quiero. 

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