Tuercas

por Fausto Lipomedes  -  1 Marzo 2017, 00:16

Se marcha febrero, igual que lo hizo enero. Dentro de poco se marchará el invierno, y pasado mañana andaremos sofocados sin saber como eludir el calor. 
Pasa rápido el tiempo, se sucede un día detrás de otro, se suman las rutinas, los mismos reflejos, los olores similares, los mezquinos y sus mezquindades. Nada me ha pasado durante este mes. Sólo tome una nota a lo largo de sus veintiocho días, decía así: “Vivo en un mundo violento rodeado de sobresaltos emocionales”.  Recuerdo cuando la tomé, o mejor dicho, cuando la tecleé. Subía una cuesta, con la cabeza gacha y las manos dentro de los bolsillos de mi abrigo, hasta que hube de sacarlas para escribir la nota. No sé exactamente que hecho construyó esa frase en mi cerebro. Hay tantos y ocurren tan inesperadamente, que puede ser un comentario aplicable a una gran mayoría de ellos. 
A veces siento envidia de las vidas tranquilas, y a medida que avanzan los años, estoy seguro de que no echaría de menos este mundo violento en el que me muevo. 
Estoy tranquilo, o quizás es que haya renunciado. Ya no reconozco a mi cuerpo, a lo mejor es el reflejo de esa toalla arrojada. He tenido momentos de felicidad, durante estos veintiocho días de febrero, pero no los recuerdo, como tampoco recuerdo detalles o matices de veintiocho rutinas cíclicas. Sólo soy consciente de haberlas vivido, ni siquiera como protagonista, y quiero pensar que alguien lleva alguna cuenta, alguna estadística, de la que se pueda obtener un resultado. 
Quizás debiera dejar de escribir sobre mi y relatar alguna historia más edificante, porque soy incapaz de disimular mi inapetencia hacia lo que se supone debería hacerme sentir bien. O bien me falta alguna pieza o quizás debiera cambiar mi batería. Quizás debiera pasarme por el taller, dejar que me ascendieran en esos gatos hidráulicos y con expertas herramientas cambiaran algunas piezas no sé donde. 
 

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