Viento

por Fausto Lipomedes  -  6 Febrero 2017, 01:33

Nenes, se marchó enero. Cuando digo nenes, no sé a quién me refiero. No dispongo de un colectivo a quien transmitir ideas ni tampoco reflexiones, me las quedo para mí y con ellas voy construyendo una visión. 
Mi querida Dana, tu palo aun está recostado entre las ramas del almendro en el  invierno, dónde le dejamos hace ya unas semanas. Sin embargo, es curioso, ha cambiado de color, se ha tornado más claro, o quizás haya oscurecido todo el árbol en torno a él. Temo que, sin camuflaje, alguien lo detecte y se lo apropie Dana. Aunque también pienso que si el endiablado aire de estos días no ha conseguido derribarlo, es una señal de que volverá a ser nuestro. 
Es lo primero que hago cuando cojo el camino blanco, verificar si sigue ahí el palo y, entonces, recuerdo el pasado, el cercano, no me voy mucho más allá. Avanzo y veo un charco, un charco grande, y me imagino cómo lo esquivas ¿qué estupidez no?
He llegado hasta el final del paseo con el viento de espalda, la vuelta ha sido diferente, con el viento en contra y, por un momento, me he sentido como un explorador polar, solo, todo blanco alrededor, con la cabeza gacha tratando de protegerme de la ventisca helada. Pienso en el esfuerzo, y en la fe, y en la fuerza de voluntad, y en la gente que no se echa atrás, y en la gente con objetivos que se basta por sí sola y que nada espera de los demás. Pienso en razas extrañas, y en si sólo existe aquello que podemos ver. Un paso tras otro, respiro, trato de llevar un buen ritmo. Un corredor lento me adelanta, va exhausto, sólo estamos el y yo en el camino. Se va alejando, luego me lo encontraré, cuando él regrese. 
Día de viento, de viento con voz, de viento como hacía tiempo que no sonaba, quizás por eso los memos busquen la razón de ese viento en Internet poniendo en el buscador ¿por qué hace viento?. Día de viento, que echaba en falta, lima mi frente y también mi cabeza, se lleva de ella, y de  dentro de ella, todo. Me quedo vacío, concentrado en el esfuerzo mientras me opongo, con mi cuerpo, a su ulular. Me trata de derribar, a veces logra balancearme, pero suele rodearme y sigue su caminar, como yo sigo el mío, el de regreso. Y La lluvia fuerte, y el viento, las ventiscas, las heladas, los granizos, las grandes nevadas, las espesas nieblas y hasta los días tórridos de calor, tan pocos humanos ven en sus dominios que imaginan el planeta apenas habitado, como ocurría miles de años atrás, cuando en vez de buscar razones soñábamos con el más allá, con dioses furiosos, con leyendas y fantasías, con temores, con ilusiones, con maleficios y prodigios, en todo esto pienso en mi camino. Y sin darme cuenta ya he llegado al coche que, sin duda, no tiene idea alguna de mis ideas y pensamientos. Paro en el bar del pueblo, hay muchos, pero en el mío. Bullicio, un vino, el fútbol en la televisión, corderos y conejos con patatas pasan a mi alrededor y tengo una sonrisa colgada de mi labios, me pregunto si soy feliz.  

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