La venta ya está hecha

por Fausto Lipomedes  -  25 Enero 2017, 01:58

Hoy, mi trabajo me ha llevado a una feria gastronómica. Me imagino que habréis estado en alguna de estas ferias sectoriales, una especie de mercado persa lleno de vendedores que se quieren vender cosas entre ellos. 
He llegado con un compañero del trabajo y como nos tenían que proporcionar unos pases, hemos tenido que esperar en la puerta un rato. Allí nos hemos encontrado con otro vendedor, éste de un libro sobre restaurantes de lujo. Es un catalán bien parecido, debe de rondar los sesenta, pero creo que ha tenido el mismo aspecto durante los últimos veinte años. Es un tipo de buena figura, buen pelo canoso, mirada afable, atractivo, un poco chepudo, pero creo que es más una pose que una realidad de su espalda. Un tipo simpático, obligado a sonreír siempre y de pensamiento ligero, cualidades imprescindibles de un buen vendedor, aunque los he conocido de todo tipo. Mientras esperamos, hablamos con él, no sé muy bien de qué, no me interesa en absoluto, pero estoy hasta ocurrente. Mientras todo esto sucede, pienso que este mundo es una gran conjunto de vendedores y compradores. Todos vendemos, todos compramos, hasta ahí, todo me cuadra, pero me devano los sesos pensando quien estará en la cúspide de esta cadena, si un comprador o un vendedor. Intentando dilucidar quién es el dios de los vendedores, llegan nuestros pases y una vez escaneados por una maquinita que maneja un chaval flaco y pálido, ajeno a todo lo que allí ocurre, nos introducimos en la feria. 
En las ferias es muy difícil ver a alguien solo. Todo el mundo habla con todo el mundo, en grupos de dos, de tres o, a veces, de cuatro, pero nunca grandes grupos. También es curioso observar la vacuidad de las conversaciones, al menos de un gran número de ellas. Ello es patente, ya que cuando avanzas entre los grupos parlanchines, es normal que te miren de arriba a abajo, de reojo o descaradamente, despreciando a su, o sus interlocutores y tratando de ubicarte o de suponerte. Apuesto a que se trata de vendedores, buscavidas, charlatanes, tratando de vislumbrar si eres un potencial comprador. 
Subimos en un ascensor y salimos a un espacio que no es más que un pasillo amplio flanqueado, a ambos lados, por puestecillos donde sufridos vendedores y comerciales  de firmas de alimentos que, hemos de calificar de lujo, se afanan en mostrarte sus maravillosos productos. 
Afortunadamente, el puesto al que nos dirigimos esta cerca. Sólo hemos de sortear a unos veinte perezosos de feria, gordos, grandes, pesados, que miran, abobados, no sé muy bien qué. Vemos al hombre que vamos a ver, él nos ve a nosotros, nos saludamos con la mano y nos emplazamos en algún lugar intermedio entre los diez metros escasos que nos separa. Parece ser que nos quiere decir que nos sentemos en unas mesitas blancas, con taburetes blancos altos, donde reposan los culos grasientos de clientes (compradores), de vendedores o de avispados seres humanos en busca de migajas o algo que llevarse a la boca. Allí nos vamos mi compañero y yo. Tengo sed y observo que en la mesa de al lado, un grupo de cuatro, disfruta de unos ibéricos bañados con un buen vino. Ni corto ni perezoso, localizo las copas limpias, y de nuevo, moviéndome entre espaldas de mamuts, consigo dos copas. Inmediatamente, una colega de unos cincuenta, que trata de aparentar treinta y ocho, se alerta sobre nuestras intenciones y viene hacia nosotros. 
Hola, dice, ¿conocéis el vino?, dice con una botella que sostiene en su mano, idéntica a la de la mesa y que no sé de donde ha sacado. 
Sí, le conozco, la miento, un vino excelente. 
A partir de aquí, comienza a chapurrear toda una retahíla de características de aquel caldo, y yo la escucho atento, deseando sólo que vertiera el líquido en mi copa. 
Sí, sí, la interrumpo mirando a mi compañero, ¿dónde probé yo este vino?, digo,  interpretando a un hombre con mala memoria,  ya que, repito, jamás había visto ese vino. Pero consigo que ella se calle y, por fin, decide servir en nuestras copas. Me decido entonces por hacer el paripé del enólogo, que además me produce especial placer.  Agarrar por el fuste la copa, oler el vino sin rozar con tu nariz el borde del cáliz, y ahora hacer girar al vino en su base. Después de hacerlo girar, volver a olerlo, este es un detalle fundamental. Después mojar tus labios. 
La comercial me observa y sé que ha aprobado el ritual. 
Exquisito, digo, realmente exquisito. 
Muchas gracias, dice ella, como si la bodega fuera de su propiedad y es que un buen vendedor, no sólo ha de creer que lo que vende es lo mejor, sino que si además está convencido de que es de su propiedad, será un vendedor excelente. 
Como hemos pasado la prueba del ser o no ser (profesional), la vendedora nos deja en paz y, por fin, me puedo dedicar a mi pasión favorita, observar a la fauna humana a mi alrededor. 
Pero curiosamente, no consigo fijarme en nadie en especial. Noto que el personal no está relajado. Reina la tensión de la venta, por lo tanto, no son ellos, pues están alertas, concentrados en qué sensación causarán. Pero veo gente cansada, muy cansada. Muchos gordos que han perdido cualquier intención de recuperar su figura natural, mujeres ajadas y jóvenes que se incorporan al jodido mundo de la venta, que en un entorno gastronómico se vuelve esquizofrénico. Pasa el tiempo, un hombre aviejado, orgulloso de un tripón que luce bajo una camiseta sucia de los Ramones, sobre la que lleva una chaqueta o chaquetón de cuero, esta hablando, casi despectivamente, con el otro hombre al que venimos a ver. A ellos dos se une una mujer.  El gordo la sonríe, dejando ver unos dientes separados y también viejos que emergen de su barba canosa y mal cuidada. Lleva unos vaqueros talla extra grande, acomodados a sus diminutas piernecillas y a su culo plano y grande. Remata al personaje un sombrero de piel, absurdo, que no le hace falta, pero con el que trata de darse un toque de excentricidad creativa. Debe de ser un cocinero mediocre, supongo. Y supongo porque ni siquiera sé quien es, pero se pone en mi línea visual. 
Tengo ganas de irme de allí, he de hacer muchas cosas y estoy perdiendo el tiempo. El hombre de la camiseta de los Ramones otea alrededor buscando a alguien y deja libre al mío, al que no dudo cazar a lazo y sentarlo a mi mesa, donde debato a conciencia sobre los asuntos que me han llevado a verle. 
Doy por terminada mi reunión y me siento libre. Sólo falta salir de allí y respirar un poco de aire, que es lo que hago. La venta ya está hecha.

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