En pocos días el año nuevo se hace viejo

por Fausto Lipomedes  -  4 Enero 2017, 20:18

Estrenamos año y así, sin darnos cuenta, ya estamos en 2017, total nada. Paro a echar gasolina al coche y pido que me llenen el tanque. Mientras espero en la tienda hojeo las portadas de los periódicos, las tabletas de chicle y todo la variedad de productos que venden en estos lugares, desde relojes hasta botellas de leche o pasteles. La dependienta está detrás del mostrador. La he saludado y, en silencio, esperamos a que su compañero cuelgue la manguera para que el sistema informático mande la información a la terminal de venta. 
-A propósito, feliz año nuevo-, digo al fin. 
-Es verdad, feliz año nuevo—, dice ella, que añade, han pasado tantas cosas desde el día 1 que parece que hemos estrenado el año hace ya un montón de tiempo. 
Y es verdad, pienso, pasamos de un año sin pena ni gloría y tres días después el nuevo año ya se ha hecho viejo. 
Un espesa niebla venida desde cualquier humedal se ha aposentados sobre el pueblo. Mi perra está en el coche. Me pensaba ir a casa, pero pienso en nuestro camino envuelto en niebla y decido que vayamos a dar un breve paseo, que luego será de 40 minutos. 
No hay nadie en el camino, efectivamente, la niebla ahuyenta a los mortales y sólo deja a las almas vagar flotando. A mi perra le encantan los palos y la última vez que caminamos por esta senda la estuve lanzando uno al campo. La rutina es bastante mecánica: yo lo lanzo, ella corre a por él, me lo devuelve y así sucesivas veces y ella, cada lanzamiento, como si fuera el primero. Como acaba cansándose, acostumbro a colgar el palo entre las ramas de los almendros raquíticos que bordean el camino. Normalmente establezco unos códigos para recordar en que árbol colgué el palo para, en el próximo paseo, descolgarlo y retomar el juego. Pero, he aquí que en esta ocasión, no tenía claro en que arbolito había colgado el palo. Después de caminar diez minutos, veo a la perra pararse y mirar hacia las ramas de uno de los almendros y, sin poder creérmelo, no estaba sino señalando al palo. Ignoro que mecanismo usa la perra para recordar, para saber exactamente donde esta su juguete. 
Así avanzamos, envueltos en la niebla, yo lanzando el palo y viéndola correr, me encanta observarla. No nos cruzamos con nadie. Sólo se oye algún avión invisible haciendo la maniobra hacia el aeropuerto o se intuye algún automóvil, del que acabas viendo sus faritos, como dos débiles candelas, rompiendo jirones por la carretera. 
El ambiente va cargándote de melancolía y soledad. Yo, mi perra y nadie más. Y de pronto me pongo a pensar en toda la gente que en ese instante pudiera estar pensado en nosotros. Y cómo la melancolía es como es, yo también pienso en esas personas, y cómo la melancolía es como es,  pienso en las partes más débiles de ellas, en sus pequeñas cosas, en sus inseguridades, en sus miedos, sus nostalgias, sus sueños rotos y en sus fatigas y en sus cansancios y en sus anhelos. Y entra esa sonrisa entrañable y triste. 
Regresamos. Vuelvo a colgar el palo en una rama de un almendro y me aseguro que que mi perra se fije exactamente dónde. Estoy seguro de que, aunque pase tiempo, sabrá encontrarlo. 
Dejo el coche aparcado en una calle bordeada de casitas bajas a la que se entra desde la carretera y que desemboca en el camino de tierra. Salimos de este último y al doblar hacia la calle, un grupo de tres personas sale de una de las casitas bajas. Son dos mujeres, de no más de cincuenta, pesadas, de movimientos lentos y ropajes de abrigo oscuros. Pelos lacios, también oscuros, sin arreglar, simplemente peinados. Entre ellas va un hombre grande, quizás mida un metro noventa, ancho, con cien kilos o más de peso. Anda igual que una de las mujeres. Lleva un pantalón de chandal azul oscuro y una sudadera cuya capucha lleva levantada cubriendo su cabeza. Pero ¿qué lleva ese hombre? Es un escudo, un escudo rudimentario de juguete, de los que usan los niños. Un escudo blanco con una cruz roja de finas líneas, pintada sobre él. Y en la mano lleva una espada plateada, una espada corta de plástico. Y se acercan, y el hombre no es tal, sino un chaval de nos más de dieciséis años grandón, pesado, que anda arrastrando los píes, quizás con algún tipo de deficiencia mental. Agarra su espada con fuerza, va con su madre, que lo saca de paseo, junto con una amiga, quizás su tía. Se encaminan hacia el camino, a buscar dragones, a luchar contra invasores con otro color de piel, a vivir aventuras propias de un crío más pequeño. Y siento una tristeza enorme, y miro a esa mujer, cansada de vida, llevar a su hijo al campo. 

 

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