Dejarse llevar

por Fausto Lipomedes  -  8 Enero 2017, 19:25

Me he propuesto escribir algo con cierta periodicidad, pero sinceramente, no sé exactamente qué. 
Siento especial placer por esos días en los que aún en la cama, sé que no va a ocurrir nada. Tardo en darme cuenta de ello, pues son raros los días dulces y placenteros. Por eso, cuando despierto y abro un ojo, mi cerebro ha de procesar que el día es para mí. Normalmente, cuando soy consciente de ello, me dejo embaucar por el sueño y sentir en cada milímetro de mi cuerpo el placer de la cama. Pero ya sabéis de mis malas conciencias sobre la inactividad y acabo levantándome antes de los que me apetecería. 
Me he desayunado, que así se dice correctamente, aunque no acierto a saber porque, ya que da la sensación de que te comes a ti mismo, y esa actividad está muy lejos de mis apetencias. Me he duchado y he salido al exterior a disfrutar de una mañana radiante de Sol. Lo verde está blanquecino aún, por lo que deduzco que ha debido de hacer bastante frío esta noche. Es un hecho objetivo que es un placer tomar una taza de café al aire libre, abrigado, una mañana de invierno, sin ruidos, salvo lo de algunos pájaros, algún vecino con su radial (siempre hay uno), y algún coche, remoto y suelto, yendo o viniendo no se sabe de o a dónde. 
Decido bajar al pueblo a tomar un vino, será mi único acto social este día. Me gusta coger mi coche de hace más de veinte años, arrancarlo y hacer unos pocos kilómetros hasta la taberna donde anidan, hoy me he dado cuenta, un grupo de hombres, siempre los mismos. 
Me ubico en un extremo de la barra y mientras tomo el vino reviso mi móvil, miro el correo, los mensajes, las redes sociales y verifico que nada ha pasado. Ahí siguen los mismos, esforzándose en hacerse notar, en contar estupideces, escribiendo frases llamativas carentes de contenido alguno. Me aburren, pero al mismo tiempo que los desprecio, me dan miedo. En pocas horas habré de zambullirme en ese mar de estúpidos que son capaces de cualquier cosa por la notoriedad o el dinero, conceptos que hoy en día van bastante parejos. De momento van todos en mi bolsillo. 
He vuelto pensando en todas las cosas que me gustarían hacer y en cómo no dispongo tiempo para todas ellas y en cómo no podré desarrollarlas hasta que deje de trabajar y todos mis días puedan ser plácidos. Ello significa que tendré poco tiempo para ahondar en ellas y disfrutarlas, sin entrar en los deterioros de mi vista y de otras funciones de mi organismo.  Y ello me lleva a pensar que esta vida es realmente un tanto absurda y por esta forma de pensar me dicen que soy pesimista, pero cuando alguien me lo dice, le miro y en un plis plas, soy capaz de verificar a que dedica su vida aquel tipo, o aquella tipa y, realmente, me parece que el problema de superpoblación se solucionaría si los seres vacuos, como estos, no pudieran nacer o se extinguieran en el momento en que pudiendo ser plenos, se conforman y juegan a ser necios conformistas. La única disculpa es que son idiotas y no se dan cuenta de ello. 
Cuando he llegado ya era tarde para plantearse una comida. Odio cocinar, a pesar de que tengo la cocina lleva de artilugios que me permitirían elaborar sabrosos platos, pero desde que mi hijo dejó de depender de mi gastronómicamente, he abandonado el afán por elaborar manjares, y tampoco quiero entrar en el aspecto de comprar. En definitiva, comer, para mi, se ha convertido en una especie de necesidad a la que no quiero dedicar excesivo tiempo. Así que el resultado es que cambio la elaboración de alimentos por salir al exterior a buscar troncos para mi chimenea y apilarlos junto a ésta última, además, así hago ejercicio. Siento un placer enorme saliendo al exterior y viendo como por la chimenea sale el humo de la combustión de la madera, dejando impregnado en el aire ese olor especial a hogar. 
Los días se van alargando y si bien antes el ocaso casi se dejaba barruntar desde el mediodía, ahora ya las tardes tienen vida propia, lo que indica que, en nada, llegará la primavera. Y eso también me lleva a pensar en lo rápido que pasa el tiempo, y en lo cíclico, y en las hojas muertas que se amontonan alrededor de mi casa y que no he querido retirar, simplemente para alargar la sensación de otoño, que ya murió y que tardará un año en volver. 
Sigo en silencio. no sé a qué dedicaré la tarde, igual a nada, aunque algo haré, pero con esa sensación inigualable de que nada va a ocurrir a tu alrededor que altere tu dejadez sin objetivo. 
 

Para estar informado de los últimos artículos, suscríbase: