Tarta de zahanoria

por Fausto Lipomedes  -  11 Diciembre 2016, 00:53

Tengo nuevos vecinos, o eso creo. ¿Os acordáis de esa viejecita encorvada con una bata rosa que daba de comer a los gatos? Se murió. Su marido, de quien siempre sospeché (novelescamente), que la había asesinado, puso la casa en venta. 
Mi comentario anterior no es serio. Lo cierto es que era una pareja enternecedora. Ella tenía una enfermedad incurable, o eso me dijo él. El hombre vivía con pena. Yo interacciones con el una decena de veces y, a pesar de que era un hombre de conversación alegre, no podía disimular su tristeza. Era realmente bonito observar como estaba pendiente de ella. Le ayudaba a levantarse, sentarse, la cogía del brazo para meterla en casa, salía con ella. le traía tazas de líquidos calientes, que supongo serían hierbas, le daba de comer, regaba las flores a su alrededor y le iba contando como evolucionaban. Ponía la comida de los gatos a los pies de ella, para que llegara a poder acariciarlos. Oían juntos la radio, veían tele al aire libre las noches de verano.  Yo, a veces, hacía cosas en la terraza de mi casa y me quedaba quieto, escondido tras el follaje o tras el tronco de un árbol, simplemente para observar aquel mimo de él hacia ella. 
U día ella desapareció y supuse que había llegado a su fin. Una semana después la casa estaba en venta. Al hombre se lo debieron llevar los hijos. Aún así, le vi por la casa algunas veces más, algún fin de semana. Aquel hombre era una viva imagen de la soledad, o eso me parecía a mi, pues no podía imaginarle sin cuidar de ella, era antinatural. 
Han pasado los meses y vuelve a haber movimiento en la casa. Ahora hay críos y adultos, y todos ellos son un poco escandalosos, lo que no me entusiasma demasiado. Cruzo con el coche delante de la puerta y sale por ella un adulto que me mira con cierto recelo. A mi, el tipo, me es totalmente indiferente, un tipo más, vulgar, uno más entre los miles de millones que sostiene todos los días el planeta. Aparco, me meto en casa y, de pronto, una idea me aterroriza: que aparezcan en la puerta de mi casa con una tarta de zanahorias para presentarse. Ya sabéis, en plan yankee, total, si se celebra el Halloween y e Black Friday, antes de que también celebremos el día de Acción de Gracias, seguro que se adopta la jodida, puritana y gilipollesca costumbre del presente gastronómico para presentarse. 
Permanezco alerta toda la tarde esperando que el hecho ocurra, e incluso planifico no mostrarme por los exteriores de la casa por si, llegado el caso, he de no abrir la puerta. 
Por eso vivo aquí, porque puedo pasar totalmente desapercibido, porque puedo no tener que mirarme con nadie en muchos días. Ahora que lo pienso siempre he vivido en barrios heterogéneos y con gentes provenientes de diversos estamentos sociales, más bien barrios de trabajadores abnegados. No existe en ellos, en esos barrios,  asociacionismos ni pauta alguna. Da igual que el coche esté sucio, y puedes vestir un día con un traje y otro con unos vaqueros usados y una camiseta descosida. Nadie está pendiente de ti porque todo el mundo tiene muchas cosas en las que pensar. He vivido en barrios y zonas burguesas de la ciudad y el ambiente acaba siendo claustrofóbico y asfixiante. 
Ahora que lo pienso, estos nuevos vecinos son más ruidosos que mis adorables viejecitos, los echo de menos. 
También vivi en un noveno, el último piso de un bloque de cuatro puertas por piso, 36 familias y recuerdo que apenas me crucé con nadie en los dos o tres años que viví allí. Daba gusto, era como si todos mis vecinos, igual que yo, odiaran los cruces en las escaleras, en los ascensores. Por eso me gustan ese tipo de barrios. 
Tiendo a alejarme, a aislarme, y a medida que pasan los años, más aún. A veces pienso que no he sido capaz de organizar mi vida desde el punto de vista inmobiliario. Un importante punto de vista éste, sobre todo en este país en el que la gente dedica su vida a obtener una vivienda, a venderla y revenderla, como si no valorara el hecho de habitarla. Sin embargo, ahora que no analizo, no, he vivido y me imagino que viviré los años que me queden de existencia, en lugares aislados, de difíciles acceso, sin líneas de metro en la puerta, que den pereza a las visitas y en los que no existan tartas de zanahoria. 

 

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