Un tiempo quieto

por Fausto Lipomedes  -  25 Septiembre 2016, 22:19

Un tiempo quieto

Casi dos meses después regreso a por las bicicletas que hube de dejar en Portugal. Ha sido un viaje duro. Muchos kilómetros de ida, y con el estrés de los mismos kilómetros de vuelta, que había que hacer en un tiempo limitado.
El coche enfiló la carreterita y enseguida reconocí el pequeño grupo de casas humildes, portuguesas, con sus seres silenciosos, sonrientes, de voz tenue.
Aparco con los neumáticos rechinando contra la gravilla y enseguida emergen aquellas gentes con su afable semblante. Invitan a entrar a su morada, pero declino el ofrecimiento. Preparo el coche y me dirijo a por las bicicletas. Me dicen que las han cambiado de lugar, las han guardado bajo llave en un pequeño cobertizo donde almacenan cebollas, tomates, puerros, judías, pimientos y un gran número de verduras del campo.
Allí están las bicis, algo sucias, quietas y mudas. Las saco poco a poco, una detrás de otra. Se muestran cansadas de esperar. Las llevo junto al coche y desato de ellas las alforjas de viaje. Las abro para poder ordenar un poco lo que hay dentro, ya que nos fuimos de allí deprisa y corriendo. Y al hacerlo, emergen las cosas tal y como quedaron hace dos meses. Y con las cosas emergen también momentos, situaciones. El tiempo se detiene alrededor y todo parece silenciarse dejándome sentir lo que sentía dos meses atrás. Un trozo de tiempo parado en el tiempo, un trozo de tiempo que estaba aparcado en vía muerta y que pregunta ahora ¿qué vas a hacer conmigo? Triste, estoy triste. Subo las bicis. Ha llegado el hijo de los guardeses de las bicis. Un tiraron tan afable como sus padres. Me despido y salgo de allí con ese pedazo de tiempo quieto, silencioso, en la parte trasera del automóvil.

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