Buena gente

por Fausto Lipomedes  -  3 Agosto 2016, 21:28

Buena gente



Ignoro la razón por la que cuando me encuentro con buena gente siempre me asombro. Igual porque estoy acostumbrado a relacionarme con gente poco sencilla o porque las personas con las que trato, lo hacen a través de una relación comercial o contractual.

Vamos en bicicleta recorriendo la costa portuguesa. Hemos dejado atrás caminos de tierra que recorren acantilados y hemos virado hacia el interior. Nos adentramos en un bosque a través de una carretera preciosa, serpenteante. Tiene duras rampas, pero también bajadas que te permiten tomar aire y deslizarte en contacto con todo lo que hay a tu alrededor. Viajar en bicicleta es casi una velocidad perfecta para que nada escape a tus sentidos.

He aquí que de la montura mecánica se baja una persona para ajustar sus pertrechos. He aquí que para eliminar los riesgos de permanecer en la calzada, decide salir de ella. He aquí que cuando vuelve a montar e intenta subir el escalón del asfalto de la carretera desde el arcén, su rueda resbala. He aquí que su bici se tumba hacia la izquierda y he aquí que en el intento de recuperar la máquina, pisa mal y se retuerce un tobillo.

Aún así decide subir a su montura y seguir pedaleando con el afán de no dar protagonismo a aquel pequeño contratiempo físico, a veces funciona. Pero cuando hemos superado el pequeño puerto de montaña, aquel tobillo se ha hinchado de manera descomunal y el dolor comienza a ser irritante.

La situación es un tanto extraña. Estamos en medio de la nada. Paramos. Sacamos una venda del botiquín de campaña y envolvemos aquel tobillo. Volvemos a las monturas, pero es imposible, hay que buscar una solución y rápido. No pasan coches y estamos en medio de un páramo y a diez kilómetros de la localidad más cercana, así que imposible plantearse poder llegar hasta ella.

Seguimos un poco más, esperando ver un bar, un restaurante donde solicitar ayuda. Pero no hay nada, sólo casitas bajas de labranza. Y la ciclista no se lo piensa dos veces, abandona la carretera y enfila hacia una de esas casitas pequeñas, casi diría que de gente pobre.

De ella emergen tres señoras, casi abuelas. Nos miran asombradas y en sus caras se ve claramente extrañeza, pero en ningún momento hay desconfianza o recelos. Por signos, por mímica, por palabras sueltas identifican rápido el problema. Enseguida hay hielo, enseguida una silla dentro de la casa para la ciclista, enseguida lamentos y palabras de consuelo. Son mujeres de campo, duras, pero a la vez dulces y maternales. Casi deseo que me abracen y me acaricien, con esa ternura con que lo hacía mi abuela.

Solicito poder enchufar mi teléfono móvil para que se recargue mi batería. Sin problemas, desenchufan una tostadora para que puedo introducir mi clavija. También pido agua para rellenar mi bidón. Sin problemas. Me dirijo hacia el grifo del fregadero, pero me frenan y me sacan un bidón de agua mineral. Aparece un hombre mayor, se suma al grupo. Sonríe con la situación. No se extraña de ver a gente que no conoce en su casa. examina aquel tobillo hinchado, hace un gesto que quiere decir que lo ve mal.

Hemos de ir a un centro médico. Enseguida lo entienden. Nos indican que el hospital más cercano está a 20 kilómetros. Hay que pedir un taxi. No hay problema. Ofrezco mi móvil, pero lo rechazan. Una de las abuelas saca el suyo, arcaico, y habla ya con un taxista. Intenta que sea una furgoneta para que pueda llevar también las bicis, pero es imposible, y bien pensado, ¿qué hacemos con las bicis una vez que estemos en el hospital? Les decimos si tienen inconveniente en guardarnos las bicis hasta que podamos recogerlas. Tampoco hay problema, abren un cobertizo y allí las metemos.

Y allí siguen, días después, esperando poder ir a por ellas y darles las gracias, tantas gracias a esas gentes, tan sencillas, tan amables, tan entrañables, tan capaces de facilitarte las cosas en los momentos complicados.



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