Humanos

por Fausto Lipomedes  -  3 Julio 2016, 23:00

Humanos

He vuelto a salir con la bici. creo que podría dedicar el resto de mis días a recorrer el mundo en mi bici, viendo al resto de los humanos como habitantes anónimos de los lugares por los que fuera pasando. Así, sólo tendría con ellos una relación efímera. Me mirarían, divagarían entre ellos sobre mi origen, de dónde vengo, porque estoy allí un día laborable en medio del otoño. Apenas me prestarían atención, alguno me preguntaría mi nombre, pero podría darle cualquiera, podría ser quien quisiera, inventar las historias que desease sobre mi procedencia u origen, porque jamás estaría el tiempos suficiente, en ningún lugar, para que pudieran verificar mis historias. Quizás, en algún sitio donde nadie se preocupase de nadie, donde nadie quisiese hacer imperar sus normas, donde todo el mundo se respetase, procurase lo mejor para los demás, quizás, allí me quedara.


Vuelvo con mi bici, abro el protón a mi perra, ve un gato y se lanza a por él, me hace gracia, los gatos se escabullen colándose entre las vallas y verjas de las parcelas y mi perra, siempre llegará tarde.
En ese momento se abre una verja y sale una pareja de la parcela contigua. Ella dice: uy, un perro suelto. No, digo yo casi gritando, no está suelto, es mío. Llamo a mi perra, viene obediente, nos metemos en casa. Esto entrando cuando él (larguirucho, cara enjuta, cabeza de cura estudioso de teología), viene decidido hacia mi. Eh!, perdona, sabes que el perro se lanza a por los gatos. Sí, claro respondo, todos los perros lo hacen, le añado sonriendo, si no, mal asunto, le acabo de decir.
Ya, pero el perro está suelto, dice el cura insistiendo. Sí, al igual que el gato.
Pero como vas a comparar un gato con un perro.
Bueno los dos son animales de compañía, le respondo.
Me da la espalda y se va, le veo marcharse, maldiciendo.
No te jode, pienso, el jodido larguirucho.
La casualidad quiere que vuelva con el coche un par de horas más tarde, y al pasar por delante de su casa, su gato, suelto, esté en medio de la calle. El me hace aspavientos con las manos, al mismo tiempo que trata de que el gato salga de la calzada. Me mira, le miro, voy a una velocidad suficientemente moderada para frenar si el gato se mete bajo el coche, pero no es así. Le vuelvo a sonreír desde le coche y sé que me odia en esos momentos.
Ni puto caso, déjame en paz jodido humano.

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