El niño del taller

por Fausto Lipomedes  -  12 Marzo 2016, 22:13

Mi joven hijo ha estrellado mi coche. Perdón, exagero. Ha hecho una maniobra brusca y le han golpeado por detrás, lo que ha provocado que también se diera un golpe con el vehículo que circulaba delante de él. La consecuencia: que el coche quedó abollado en el frontal y en la parte trasera.
—Que barbaridad—
—Sí, gracias a dios no le ha pasado nada a él, supongo que le tenía que pasar y afortunadamente le ha pasado sin graves consecuencias, si excluimos las del automóvil-.
-Entonces, tiene usted un hijo-
-Efectivamente, un sólo hijo que llegó de casualidad y parece mentira como esa casualidad se ha transformado en tantas cosas-.
-No sé a qué se dedica usted-
—A varias cosas. Tengo una ocupación oficial, con la que me represento ante los demás, y que se ha transformado tanto que ha logrado minar mis fuerzas, tanto físicas, como espirituales y mentales.
-Vaya, lo siento-
-Sí, siéntalo porque esta transformación afecta a todo el mundo, nadie escapa a este nueva realidad débil e indulgente-.
-Perdón, no le sigo-.
-No hace falta, lo que yo pienso se representa en mi realidad, es lo único importante. Si ando por este camino y usted me sigue a cierta distancia, me seguirá a mi, a mis acciones y no lo hará por saber cómo pienso-.
-En eso lleva razón-
-Tuve muchos problemas con el coche. Con el seguro, con los partes, me enciende la burocracia, quizás sea lo que más nervioso me ponga en esta vida. Al final nadie cubría mi reparación, así que tenía que pagar de mi bolsillo los desperfectos del automóvil-
-Que mala suerte-
-Sí, efectivamente. Así que comencé a visitar talleres, no quiera usted saber los precios astronómicos que mencionaban esos personajes de taller de mirada despectiva. Esa mirada de superioridad que parece analizarte para chequear tu nivel de conocimiento sobre mecánica del automóvil y así poder calcular cuantas monedas extras pueden extraerte. Seres despreciables, créame.
-Le entiendo.
Un día, volviendo aquí, al pueblo, me quedé con un faro fundido, así que a la mañana siguiente, era sábado, baje al taller para solicitar que me cambiaran la bombilla. Un hombre de edad mediana, solícito, se brindó encantado, y mientras atendía el teléfono móvil y daba órdenes a otros mecánicos del taller, manipulaba mi auto con notable maestría. Tal fue mi asombro que le pregunté si arreglaba desperfectos como los que tenía mi auto, y me dijo que sí. Me lo presupuestó sobre la marcha, en una libreta de espiral muy usada y ajada. Fue sumando partidas y al final, la suma total significaba dividir por tres el presupuesto más económico que había recibido de los talleres urbanos. Así que decidí dejar en manos de aquel taller el futuro de mi automóvil. La experiencia ha sido excelente, estoy muy satisfecho y, sin duda, en ningún otro centro me hubieran dejado mejor el auto-.
-Muy interesante, ¿pero por qué me cuenta esto?
-jaja, por el niño del taller-.
-¿El niño del taller?—
Sí, el taller lo regenta una familia. El patriarca es un hombre mayor, jubilado, pero aun viste con su mono azul grisáceo, perfectamente acoplado a su cuerpo. Un mono azul grasiento, al igual que su pelo, peinado hacia atrás, al igual que su tez, que sus manos. Los mecánicos en activo son sus dos hijos. Una noche cerrada de lluvia bajé a pagar la reparación del coche. El taller tenía los portones, que dan a la calle, abiertos, y proyectaban sobre el asfalto mojada su luz mortecina. Era la única luz en esa fría noche. ¿Sabe?, me recordó al portal de Belén. Entré y no había nadie en la nave, sólo automóviles desarmados. A la izquierda, dentro de la pequeña oficina, estaba toda la familia. Me invitaron a pasar. Me asombró lo grande que era la mesa. Alrededor de ella toda la familia. Una mesa cargada de montones de objetos: carpetas, carpetitas, cuadernos, folletos, revistas, papeles, facturas, guías de todos los tamaños, albaranes, piezas mecánicas, botes de bolígrafos, ceniceros cargados de colillas momificadas, un ordenador viejo, el teclado y un ratón nuevo con luces rojas que manejaba una mujer madura, gorda, de grandes tetas, que no paraba de fumar, que ni siquiera me miró, la matriarca. La mesa, los miembros alrededor de esa mesa, todo lo que hay encima de esa mesa tiene una capa de polvo de años, polvo petrificado, polvo arqueológico, polvo fosilizado, polvo grasiento, polvo de color gris, el mismo polvo del pelo de aquellos individuos, el de sus monos, polvo transformado en hollín negro bajo sus uñas, polvo sobre sus anillos de oro viejo de casados, polvo gris en sus párpados, polvo moteado en los cristales de sus gafas, polvo en las paredes, polvo en el calendario de hace años, en el archivador de metal, en las fotos de neumáticos, polvo en los reposa brazos de las sillas metálicas de plástico gris, también con polvo gris. Polvo que se huele, polvo frío, y abrasador de veranos e inviernos, polvo sobre polvo, y en medio de ese polvo, un color rojo, el del jersey de un niño de seis o siete años que dibuja en un rincón de la mesa, frente a su abuela, la matriarca que sostiene un cigarrillo con sus labios mientras ahora juega en un smartphone sin hacer caso a nadie, ni a mi ni a su nieto. Me imagino las cenas de Nochebuena de esa familia. El niño dibuja y no quiere que su padre, el hijo del fundador del taller, vea los que dibuja. No para de decir, no mires. El niño, gordo, con tripita, con una capa de grasa en su estómago conformada por tiras de bacon, grasas poli-saturadas de bollería industrial, huevos, patatas y pan, helados, pasteles, suizos y ensalmadas, aquel niño zampa. Niño de tez amarillenta, de pelo negro, sin gracia. El puto niño no pega allí nada. El niño, abandonado, simplemente creciendo amoldándose a aquel entorno, aquel niño que no aporta nada, sólo asimila su futuro. Niño que va embruteciendo y va vislumbrando su porvenir. No puedo dejar de sentir desesperanza por una posibilidad a la que ni siquiera se le va a dar opción alguna de desarrollarse. Pago, le remuevo el pelo y le digo que el dibujo es muy bonito. El niño ni se inmuta, con sus bracitos regordetes tapa del dibujo, su padre sólo cuenta mi dinero, la matriarca suelta volutas de humo desde sus labios cancerígenos y el abuelo observa a su hijo contar mi dinero, a aquel niño nadie le hace caso, a mi tampoco, me voy y no se dan cuenta de que he desaparecido. No sé qué hacen alrededor de esa mesa. Salgo a la fría noche, miro el cielo, también gris, cae vapor de agua, hace frío-.
-Sí, conozco a ese niño, el hijo del Antonio-
-Eso es, Antonio, nos vemos-
-Cuando quiera-.



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