Rey gruñón

por Fausto Lipomedes  -  5 Enero 2016, 20:31

Rey gruñón

—Le veo a usted fatigado, y más delgado además.
—Los putos Reyes Magos, que me traen por la calle de la amargura.
—Jaja, pero, ¿usted no pasaba de todo esto de la Navidad?
—Soy un puñetero rey gruñón, ¿sabe usted? Primero aguanto la acometida de la Nochebuena que tiene su secuela en la Navidad. Parece qué rechazarla es pecado, que digo, un sacrilegio. Luego la Nochevieja la logro salvar, pues es una fiesta pagana, con lo cual, cada uno que la pase como quiera. Y transcurre, y pasados unos días de sosiego, de paz, vuelven a arremeter con los putos reyes magos. Te pillan bajo de defensas, te pillan cansado y con la guardia bajada, te dan una leche tremenda y te tiran al suelo. La familia, o mi familia, toda la vida pasando de mí y mire usted lo pesados que se ponen en las putas Navidades.
—Ya, o sea que ha salido a hacer de Rey Mago.
—Me ha empujado la mala conciencia. La tengo sobre tantas cosas que no soportaba ni un milímetro más. Me he ido a la desesperada a un puñetero centro comercial porque me han venido dos ideas a la cabeza esta mañana mientras paseaba a mi perra. Fíjese hasta dónde llega la presión, que las ideas me han venido por el camino blanco y rectilíneo de no pensar.
—Ya
—Encima ando fastidiado con los dientes, estoy pasando un hambre atroz porque no me atrevo a comer. Así que con el estomago con retortijones me he marchado aprovechando el mediodía. Se puede usted imaginar el festival que había montado. El primer regalo, y les segundo, ha sido fácil. Hasta los empleados de los establecimientos se han quedado asombrados de mi decisión a la hora de elegir. Hacían puntos suspensivos en su conversación conmigo, con la esperanza de que pusiera algún “pero” a mi compra. Pero no, no les ha dado ese gusto, ha sido todo rápido. Pero he aquí que el que mayor tiempo me ha llevado es el de mi cuñado. Un tipo al que no regalaría nada porque no se merece nada, y aquí me tiene andando a por su regalo. Paradójicamente es el que más tiempo me ha llevado. Pero lo peor ha sido empaquetar los putos regalitos. He ido a un gran centro de estos de deporte, una nave industrial fría, una especie de almacén de cosas. He pagado y le he preguntado al cajero que si podían envolverme para regalo mis artículos. El tipo va y me responde que me los puedo envolver yo, y al mismo tiempo me señala una mesa de colegio, de la que cuelgan, con un cordel, unas tijeras de colegio melladas y dos rollos de papel celofán prácticamente acabados. Jaja, y además que si quiero papel de regalo, que me lo tiene que cobrar, 75 céntimos. Me ha visto tal cara que el pobre chaval me ha dicho: “venga que es Navidad, se lo regalo”, así que por huevos me he tenido que dirigir a la mesa de envolver, y encima agradecerle el gesto. ¿Ha intentando usted envolver con un papel de pésima calidad un objeto irregular? ¿Ha usado unas tijeras melladas para cortar papel?, ¿Ha intentado buscar con la uña el final del celofán para ver si aún tiene una tira más? y todo esto mientras sujeta los pliegues del papel, mientras proyectas en su cabeza trigonometría papirofléxica para ver como cojones envuelve aquella cosa. He sudado, y tan costoso ha sido, que encima he salido de allí sonriendo, siguiente estadio al del cabreo supremo.
--Jaja, es usted un rey mago muy trabajado.
—No, como le decía soy un rey mago gruñón, de a regañadientes. Además, todos los años me pasa lo mismo, voy repartiendo regalos y a cambio tendría que ver usted los míos, pero claro, si nos atenemos a la tradición, los reyes magos te traen según te has portado. Le aseguro que llevo años portándome mal, y lo reconozco, así siempre espero poca cosa y me vuelvo a casa con la satisfacción del deber cumplido, en fin, me convierto en una especie de marine de la Navidad. Pero lo más paradójico es que la Navidad, como concepto, me gusta. Me agrada su estética, su frío, encima estás de vacaciones, anochece rápido, hay luces de colores y hasta la gente parece más amable. Es perfecta, sería perfecta, si no tuviera normas. ¿Y usted?, le veo tranquilo, con ese puro en la boca siempre, sin preocuparse de nada.
—Jaja, bueno las mujeres se ocupan de todo, yo sólo asiento, me lo dan todo hecho.
—Ya, las mujeres, que sería de nosotros sin e
llas.
—Eso es, véase usted.

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