Un sueño extraño

por Fausto Lipomedes  -  1 Noviembre 2015, 19:01  -  #Cosas de todos los días

Un sueño extraño

Anoche tuve un sueño extraño.
Ya sabéis lo que ocurre con los sueños, que se olvidan.


Algunos sueños son tan reales que cuando sales de ellos tardas en darte cuenta de que estás fuera. Y si son oscuros y jodidos, uff, que alivio.
Hay sueños que escarban más hondo y se enraízan en tus miedos y tus angustias. Son sueños que sobreviven en tu cabeza aún después de despierta, consiguiendo llenar tu realidad de pesadumbre y miedo y se produce el shock de no saber como gestionar la realidad onírica en la que tú, sólo unos momentos antes eras otro, mientras te pones los calcetines recién levantado de la cama. Y siempre me hago la misma pregunta ¿soy en realidad ese otro?


Ignoro el origen de mi sueño, ese tan extraño. Todo arranca, en mi recuerdo, con un hombre muerto al que yo sabía que había matado.


Creo que es la primera vez, en mi recuerdo, que un muerto es el eje de mis sueños. Más extraño aún es que yo le hubiera dado muerte. Lo que era seguro es que aquel óbito había ocurrido por casualidad, quizás fruto de un empujón y una mala caída, como en las películas, pero el empujón, o lo que fuera, se lo había dado yo. También sentía, en mi sueño, que la muerte de aquel tipo tampoco me importaba, por lo tanto, algún problema gordo debía de tener con él. Digamos, que mi mayor preocupación con aquel muerto era resolver el problema de dónde llevarle, como hacerle desaparecer.


Todo esto ocurría en una especie de aparcamiento al aire libre, espacioso, rodeado de automóviles aparcados, al atardecer, quizás de noche. Al muerto lo acababa de subir a mi coche, en el maletero. Pero no penséis en un maletero independiente del habitáculo del vehículo y que queda cerrado bajando el capó, sino uno de esos con portón trasero, los típicos de una furgoneta y que puedes agrandar si abates los asiento traseros. Veo al hombre, al que no se como he sido capaz de subir ahí, acurrucado en posición fetal. Por lo tanto, no veo su rostro, sólo su cuerpo. Recuerdo que lleva pantalones claros y camisa blanca, y también un cinturón estrecho.
Mi coche está aparcado en uno de los laterales de ese aparcamiento y ese lateral que da a una calle. Yo estoy aparcado en batería y el culo de mi automóvil da a esa calle. Por ella pasa ahora un autobús. Ahora descubro que es de noche, pues la luminosidad que escapa por las ventanas del ese autobús, por encima de mi cabeza, me hace intuir su presencia. Ignoro cuanta gente va en ese transporte, pero por pocas que sean, su posición elevada les permite ver, a través de las ventanillas, a mi muerto. Menudo aprieto.
En ese momento, en el que no sé si cubrir con mi propio cuerpo al otro cuerpo para ocultarlo a los viajeros, aparece una mujer, bajita y fea, una cincuentona de expresión arisca, soberbia, consumida por la envidia innata con la que vive, consumida por la rabia, pues las cosas no le han salido bien. La conozco, sé quien es en mi vida real y es la última persona a la que me dirigiría para pedirle ayuda, pues, ignoro las verdaderas razones del porque, pero no me soporta y creo que no le importaría que yo fuera su muerto.
Pues bien, esta mujer, en mi sueño, aparece justo en ese preciso momento. Parece entender mi situación por los movimientos de sus ojos, y más o menos viene a decirme: “tranquilo, yo me llevo el coche y con él al muerto”, pero entre nosotros no median palabras.
Yo no acierto a tomar ninguna decisión, pero mi abstención sobre la opinión que me merece su ofrecimiento, la entiende como un asentimiento e intuyo que se dispone a subir a mi automóvil.
A pesar del muerto, de que haya aparecido ella y de que además tenga conocimiento de la situación, no logro saber qué hacer, estoy bloqueado. Sólo pienso que ella va a tener una buena información para extorsionarme y trato de acertar sobre lo que querrá a cambio de no revelar mi secreto. Me tomo todo aquello como un problema común. Mi percepción es similar a cuando te metes en un aprieto tu solito y cada vez es mayor el problema que vas creando, hasta que en un momento determinado se te ha escapado de las manos. Pienso que ya veré como lo resuelvo. Despierto, menos mal.









Para estar informado de los últimos artículos, suscríbase: