Dentista y..

por Fausto Lipomedes  -  17 Mayo 2015, 21:46  -  #Las razones del diablo

Dentista y..

Llevo mucho tiempo mal. No sé qué me pasa. Sólo siento cansancio, un cansancio crónico y apatía. Casi todos los días trato de tomar aliento y empezar de nuevo, pero bastan un par de horas para volver a estar inmerso en un puzzle de descontrol, sintiéndome como una loca marioneta que, con la boca abierta, trata de llegar a todo. Mi vida profesional es una esquizofrenia . La culpa no es mía, sino del mercado liberal, despiadado y barato en el que ahora nos movemos. Respecto a mi vida personal, casi mejor no hablar. Hasta hace poco sentía que, de este área de mi vida, yo era el protagonista, desde hace también un tiempo, simplemente asisto impasible a una especie de desmoronamiento, sin capacidad de reacción, y es tanta mi turbación, que lo único que deseo es meterme en casa, cerrar la puerta y no pensar en nada, quizás fruto del agotamiento. Supongo que es un círculo vicioso, la pescadilla que se muerde la cola en un nado loco que no deja avanzar.
Así las cosas, y para cerrar el círculo, las muelas. Por si fuera poco, me empiezan a doler. Lo de los dientes es fácil, es sólo cuestión de llamar al dentista y pedir hora. Lo de mi abatimiento es más difícil. Pero me decido, tras comentármelo R. voy a visitar a un sanador. Los mejor de todo es que ambos coinciden el mismo día. A uno voy con reparos (al dentista), al otro con anhelo (sanador).
Al dentista voy con recelos porque me empieza a entrar un “mal rollo”. Ultimamente, R. me ha contado dos historias de dentistas. Una del suyo propio. Un tipo de mi edad que murió de un infarto, de la noche a la mañana. La otra de un tipo, también de mi edad, que fue al dentista, parece que con las defensas bajas, y algo se le complicó, quizás una infección o similar. Resultado, que se murió también, no exactamente en el sillón del dentista, pero todo indica que como consecuencia de sentarse en él. Por culpa de estos dos casos, la misma edad y el nivel de estrés que siento, he de confesar que empecé a pensar que, a lo mejor, mi cuerpo reaccionaría mal ante la anestesia, todo se complicaba y, por fin descansaría en paz, sedado, en ese sillón anatómico, futurista, de mi dentista.
Llegué al dentista a la una, me senté, y una odontóloga treinteañera, una generación que me da miedo por su inconsistencia, me atiende. Todos son sonrisas, todo es guay. Todo es infantilmente feliz, salvo que empieza a tocarme una zona de mi boca que no me molesta nada. Se lo comentó, y entre sonrisas me dice que llevo razón, que había confundido mi ficha con la de la siguiente paciente, Mal empezamos, pienso yo, me encamino a mi fin, paso a paso. Me anestesia y sin dejar pasar ni dos minutos ya agarra el taladro para empezar a limpiar la caries. Obviamente, esa niña treinteañera lleva prisa, es viernes. Protesto, me duele. Le digo que espere a que la anestesia haga efecto. Espera, vuelve a empezar, me duele. Le digo que no se corte, que me ponga otra inyección, y actúa. Espera de nuevo y ya agarra el raspador. Tras unos minutos, la treinteañera me dice que mi muela no tiene solución, que la caries está muy profunda, prácticamente tocando el nervio. Quiero salir de allí, así que le digo que me la saque. Se lamentan, ella y una asistente que ha llegado hasta mi sillón. Yo pienso que tampoco es para tanto. Me dicen que bien, que van a proceder, y que me han de meter más anestesia, esta vez con un pinchazo en el paladar. Me pregunta si tomo alguna medicación. Estoy sano, pienso, que cojones voy a tomar medicación alguna. Aspirina, le digo. Se pone tensa, su mirada se nubla. ¿Aspirina?, me pregunta alarmada, pero que hoy no he tomado ninguna guapa, quise decir que la única medicación que tomo es una aspirina de vez en cuando. No, no, es que la aspirina es un anticoagulante, me dice, y puede producir una hemorragia cuando saquemos la muela, me dice. Aquí está mi complicación mortal, me digo yo. Pero….antes de proceder, me dan a firmar un papel. Lo leo. Hostias, me digo. Prácticamente te relatan en aquel papel todo lo que puede ocurrir durante la extracción. Complicaciones con la anestesia, reacciones varias, temas vasculares, y un sin fin de efectos mortales que creo recordar acababan con un infección pulmonar. Joder, me acojono y ahora, sí que sí, tengo la certeza de que ese será mi último día sobre la Tierra. Pienso durante milésimas de segundo. Aun estoy a tiempo de salvar mi vida, me puedo levantar de allí, tirar del babero que me han colocado con fuerza y largarme protestando por el servicio. Pero por otro lado, pienso que estoy histérico, que debo de calmarme, que en diez minutos todo habrá acabado y saldré al caluroso día con una muela menos.
No siento el pinchazo del paladar. La treinteañera me dice que sólo oiré ruidos, que no me alarme, que también sentiré presión. Joder! cállate ya, pienso. Extrae y calla.
Al fin sale la muela. Me pone un algodón, me advierte que lo deje allí diez minutos. Respiro y estoy atento a las reacciones de mi cuerpo. De momento estoy tranquilo.
Ya me dejan levantarme. Salgo de allá. Me siento frente a otra treinteañera que masca chicle. Me vuelve a advertir. No coma, no fume, no enjuague la boca, no conduzca, no trabaje, este tranquilo. Le doy estas “gasitas”, pongas una cada media hora. Ufff. Le doy las gracias, me voy, miro al cielo, subo a mi coche y vuelvo a mi trabajo intentando no pensar en mi boca, feliz de estar vivo, de momento. Esta tarde, al sanador.

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