La sombra

por Fausto Lipomedes  -  26 Febrero 2015, 21:30  -  #Las razones del diablo



Todos vivían felices bajo el amparo del Estado., una sombra gorda y fresca en medio del páramo quemado por el Sol. Tan tupida era aquella oscuridad que si salías de ella, acababas quemado antes de llegar a ningún sitio.
A la sombra del estado ocurrían muchas cosas, tantas que era imposible que ninguna de ellas tuviera historia. Por lo tanto, la inmediatez era la única opción para poder sobrevivir.
Como no había historia también el tiempo había desaparecido porque ya no intervenía en nada.
El tiempo ya no envejecía a las personas, las heridas tampoco necesitaban tiempo para cicatrizar, el amor era muy fácil de obtener y no llevaba ningún tiempo conseguirlo, los hombres y las mujeres ya no maduraban con el tiempo, pues las decisiones se tomaban con apoyo de máquinas medidoras de todo tipo de probabilidades, y el resto era entretenimiento.
La inmediatez se había adueñado de la cotidianidad con la misma sonrisa grotesca de un personaje malvado de dibujos animados. A cambio el Estado había exterminado la incertidumbre. Siempre se sabía que iba a pasar. Si no se sabía, nunca pasaba nada fuera de lo común.
Nada asombraba, las grandes ideas se habían agotado. Los que podían trabajar hacían mil cabriolas para intentar convencer a sus superiores de que eran útiles. Pero las metodologías los iban dejando sin responsabilidades puesto que no existían los imprevistos. Acababan engrosando la larga lista de los sostenidos por el Estado.
Eso significaba control, mucho control y una disponibilidad absoluta ante los requerimientos de la gran maquinaría estatal.
Era la época dorada de los ejecutores, de los tecleadores y los "junta-puzzles", de los mezcladores digitales de oportunidades de negocio. Así, y gracias a estos últimos, era posible hacer grandes fortunas en un sólo día previendo conductas de consumo de impulso según factores predictivos de veinticuatro horas.
El arte dormía esperando otros tiempos, protegido por el polvo. Belleza fue una palabra que se dejó de usar. Nada era bello, a lo sumo atractivo, lo suficiente como para desencadenar conductas y reacciones.
Pero una minoría aún se hacía preguntas sobre las que no quería oír respuestas. Esa minoría comenzó a tener miedo y ninguno de aquello que la componía recordaba en qué momento concreto comenzó a camuflarse para pasar desapercibido. La minoría, empujada por las mismas dudas y deseos comenzó a encontrarse y a identificarse en lugares que les atraían. Pensaban y divagaban, dedicaban tiempo a ello, contaban historias verídicas o inventaban otras nuevas, hacían suposiciones, se aventuraban por los senderos tortuosos de la divagación y se reían unos con otros, mirándose a los ojos y no a una pantalla grande o pequeña.
Como fueron siendo muchos aunque procuraban no hacer ruido el Estado comenzó a notar sus movimientos y aquello le puso nervioso, tanto que decidió buscar el modo de acabar con ellos y con todo aquello que les nutría.

Para estar informado de los últimos artículos, suscríbase: