Figuras geométricas

por Fausto Lipomedes  -  24 Febrero 2015, 00:13  -  #Cosas de todos los días

Y allí estaba yo, con tres generaciones sentimentales a mi alrededor. No era consciente de ello hasta que alguien me lo hizo notar. La una tuve un hijo, con otra, la relación más larga de mi vida y mi amante, que a su vez tiene su pareja, que también estaba allí, y que sospecho que sospecha ¿Un lío? No, la vida. Un harén de sentimientos, del cual, el único preso es, en realidad, el moro, el árabe, el sultán. Bendito mundo árabe o islámico o cualquiera que sea la denominación religiosa de ese universo lejano que únicamente identifico con espadas cortas, estrechas en el mango y anchas en la punta y con medias lunas y con gorretes con borla y con caballos blancos engalanados.
Tres mujeres, tres vidas, tres pasiones. Tres formas de vivir, de pensar, de compartir, tan diferentes, todas unidas.
Sinvergüenza, descarado, joder que follón, ¡que tipo!, ¡será cabrón!, el colmo de la indecencia, que caradura.
Yo no sé que pensar de todas mis relaciones, apenas si tengo malos recuerdos. Así, sobre la marcha, diré que solo de dos. El resto son historias que ocurrieron en un punto exacto de una intersección del tiempo y del espacio y cada vez que nos movemos, y no paramos de hacerlo, ese momento cambia, y es diferente, y surge un nuevo universo que vislumbramos, oteamos, descubrimos y por el que vagamos, y de ahí a otro, y a otro, y a otro que ni siquiera conocemos. Tres féminas en un momento determinado. Tres mujeres que no se qué piensan realmente de mi. Sinvergüenza, ¡coño, que tipo!, dicen. Que caradura, y yo sólo creo que es pura inmadurez, y otras veces pienso que sólo es libertad, y otras egoísmo, y otras incapacidad para pararme y ver crecer los frutales, y los arbustos. Proyectos, eso es lo que me hace disfrutar, los proyectos. Inquieto en la vida, inquieto en los sentimientos, aunque la edad va volviendo la inquietud en pereza y convirtiéndola en sólo un sueño. O será que el tiempo se acaba y que ya no hay espacio para proyectos.
No entiendo porque la gente se aleja, porque cuando algo acaba, van más allá y hacen desaparecer todo rastro de afecto, de cariño. ¿Tan cruel es el amor que aniquila a los sentimientos menores cuando muere? El puto amor, esa mágica palabra inventada, la más grande de todas, reina absoluta, mirando por encima del hombro a otros afectos, a veces mucho más lentos y construidos durante mucho más tiempo.
Una marcial, tacones, oyes sus pisadas, definitivas. Enérgica, como un tren expreso, como un toro de Miura que ha visto el trapo rojo. Con los años, por eso de que nadie cambia sino que se especializa, ha ido ganando en formalidad, y ha colgado de su cara una sonrisa, una expresión falsa de dulzura a la que ha añadido un tono afectado y vehemente. Otra despistada, al menos en apariencia, fría, como la tierra de la que procede, practica, “no me cuentes historias”, al grano. Dulce, paciente, reflexiva, que interioriza, que se traga amarguras y desilusiones, que quiere ser feliz por encima de todo. Otra silenciosa, ojos pequeños y chisposos, que alarga su boca al sonreír hasta límites insospechados hundiendo sus comisuras en los carrillos que han de convertirse en oblicuos para poder albergar la risa, capaz de mantenerse quieta aun sintiendo ganas de hacer movimientos, aunque su mirada la delata, pues son sus ojos los que se mueven, se posan, te rodean o dan la vuelta a marcos y molduras para ver lo que ocultas en habitaciones recónditas. Y más cosas, pasional, liberal, la mujer fille. Fuerza de voluntad asombrosa, y también paciente, con tantas ganas de querer, y de sentirse querida que a veces asfixia. Pero, ¿quién puede dar la espalda a eso del querer?

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